jueves 1 de octubre de 2009

CineReverso 107/120

Hace unos días recibí un correo de la profesora y documentalista de Barcelona Eva Legido Quigley, comentándome de la creación de la Plataforma de Documentalistas Independientes. De inmediato me puse en contacto con sus gestores pues me parece una idea muy oportuna y quería colaborar con este proyecto tan necesario para fomentar y potenciar el buen cine documental, pero mejor que se presenten ellos mismos.
“INDOC surge como un punto de encuentro entre realizadores, técnicos y productores dedicados al cine/vídeo documental y personas de otros ámbitos culturales. Somos una plataforma de documentalistas independientes (auto-producción, auto-gestión, intermitencia, libertad de pensamiento) que considera que el cine documental aporta contenidos de reflexión artística, cultural y social necesarios, cada vez más urgentes, dentro de una configuración global de las formas homogéneas y el pensamiento único.
La estructura de “plataforma,” nos permite poner énfasis en un espíritu reivindicativo, en la flexibilidad de un proceso en continua construcción-revisión, y en la apertura de ideas a través de la inclusión de nuevos participantes a lo largo del proyecto.
Nuestros primeros esfuerzos se dirigen a consolidar una red de vínculos entre documentalistas independientes, fomentar el hábito y la cultura del documental, crear ámbitos de reflexión y acción sobre la estética y la práctica documental, encontrar espacios nuevos de difusión y distribución, reconocer la labor del documentalista en su compromiso con la sociedad y defender nuestros derechos como trabajadores del sector audiovisual”.
Para la portada de este CineReverso la obra del chileno Miguel Littin, una artista versátil, referente en su país y en Iberoamérica. Le sigue Crónicas, pretextos para un documental. Hay poesía en el gesto y una mirada furtiva, puede ser el trazo inteligente que todos esperamos. La obra de Jordi Isern se estructura bajo estas letras, se hace acompañar de poemas que bajo la icónica sencillez, toma el pulso a la vida y a su verdadero sentido. El sentido de poder hacer hoy sin importar la materialidad de nuestro futuro, una vez materializada la muerte. Su obra descansa en la línea donde lo aparente no es su verdadero discurso, el texto que nos quiere mostrar está “mar adentro”. A esta propuesta de Crónicas…, le acompaña una pregunta. ¿Cómo una fiesta con tintes de horror y sangre pueden ser canonizados como tradición y cultura? Comparto mis reflexiones en torno a una “tradición con aires de cultura” apuntalada bajo el tamiz de estos dos conceptos. Hago esta reflexión tras la amarga realidad que aún sobrevive sobre esta tierra que puede presumir de mostrar, una gran cultura.

La obra del maestro José Martí no deja de asombrarme. Su proverbial manera de apuntar en torno a valores como la sinceridad, tienen magistral composición en su poesía. Desde La honda…, Yo soy un hombre sincero, poema que forma parte de sus Versos sencillos es la nueva propuesta.
Textos prestados vuelve a ser la plataforma de otros, el espacio para textos cargados e inteligentes. Encabeza esta sección Naomi Klein, que realizó una entrevista al documentalista Michael Moore sobre la sociedad norteamericana de hoy y sobre su último filme: Capitalismo, una historia de amor. Para la segunda entrega, un breve trabajo del cineasta Yoav Tal, basado en el documental Z32 del realizador Avi Mograbri. Le sigue a estas dos propuestas una serie de artículos y entrevistas sobre el cine documental cubano, son siete textos a ocho manos que permiten un acercamiento sobre la Escuela cubana de cine documental y su futuro, avalado por un ejercicio de la crítica y la creatividad forjada bajo el estigma del llamado cine pobre. Un cine que ha sido y sigue siendo obra de una Revolución construida por una nación de cubanos que han querido ser diferentes, una nación profundamente martiana.
De los autores
La canadiense Naomi Klein, es
economista, periodista y escritora. Colaboró como columnista para los periódicos The Guardian de Londres y The Globe and Mail de Toronto. Es doctora "honoris causa" en Derecho por la Universidad de King's College, de Nova Scotia. Ha escrito varios libros como No Logo (2001), Vallas y ventanas (2003), La doctrina del shock (2007), el guión del documental La Toma/The Take (dirigido por Avi Lewis, centrado en la toma de una fábrica recuperada por sus trabajadores bajo control obrero como forma de lucha en contra de la globalización en el marco de la crisis argentina y las movilizaciones ciudadanas entre 2001 y 2002) y un gran número de artículos periodísticos y políticos.
Yoav Tal, es un director de cine residente en Tel Aviv.
Mari Naito López, es miembro de la Asociación Nacional de Críticos de Cine y trabaja como especialista de la Cinemateca de Cuba.
Luciano Castillo, es crítico e investigador cinematográfico. Colabora periódicamente en revistas especializadas de Cuba, así como de Argentina, Colombia, México, Perú y Venezuela. Ha participado como ponente e invitado en diversos eventos nacionales e internacionales, y como jurado en varios certámenes de cine y video. Títulos como: La verdad veinticuatro veces x segundo (1993), Concierto en imágenes (1994), Con la locura de los sentidos (Buenos Aires, 1994), que reúne sus entrevistas a cineastas latinoamericanos, y Ramón Peón: el hombre de los glóbulos negros (1998), escrito junto a Arturo Agramonte, historiador del cine cubano, con quien colaboró, además, en el Diccionario de realizadores del cine latinoamericano (Buenos Aires, 1997). Tiene inéditos los libros: La libertad sin palabras: Buñuel y Carrière y El indiscreto encanto de Buñuel son sustanciales trabajos que avalan su sistemática labor profesional.
Ha impartido conferencias, talleres y cursos de cine en universidades y otros centros docentes e instituciones culturales de Cuba y países como Colombia, Venezuela, Guatemala y Argentina.
Vicepresidente de la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica (filial de la FIPRESCI), actualmente es director de la Mediateca de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, editor del catálogo y el Diario del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, además de desempeñarse como jefe de redacción de la revista Cine Cubano.
Juan Antonio García Borrero es Licenciado en Derecho en la Universidad de Camagüey, trabaja en el Centro Provincial de Cine. Es miembro de la junta directiva de la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica. Sus escritos son demandados en diversas publicaciones nacionales y extranjeras. Preside la “Cátedra de Pensamiento Audiovisual Tomás Gutiérrez Alea”. Ha ganado en seis ocasiones el premio de Ensayo e Investigación que concede anualmente la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), así como dos años consecutivos el Premio Nacional de la Crítica Literaria. Ha figurado como Jurado en diversos eventos nacionales e Internacionales, y ha impartido clases en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños, Instituto Superior del Arte, así como universidades de Estados Unidos, Brasil y España. Ostenta la Distinción por la Cultura Nacional. De su extensa obra literaria cabe apuntar: La edad de la herejía (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, Cuba, 2002), Rehenes de la sombra (Festival de Huesca- Casa de América de Madrid – Filmoteca de Andalucía, España, 2001), La dictadura de los críticos (Editorial Ácana, Camaguey, Cuba, 2002) Compilador, Julio García Espinosa: las estrategias de un provocador (Festival de Huelva-Casa de América de Madrid, España, 2001). Compilador. Regreso a la ciudad simbólica (Editorial Ácana, Camaguey, Cuba, 2001). Compilador. La ciudad simbólica (Editorial Ácana, Camaguey, Cuba, 2000). Compilador. Por una crítica imperfecta (Editorial Chau Bloqueo, Argentina, 1997).


Ambrosio Fornet, cursó la primaria y el bachiller en su natal Manzanillo. Realizó estudios en la Universidad de Nueva York (1975) y en la Universidad Central de Madrid, donde residió de 1957 a 1959. Dirigió de 1964 a 1971 la editora Arte y Literatura, que en una primera etapa pertenecía a la Editorial Nacional de Cuba, y más tarde al Instituto del Libro, con la colaboración, hasta 1968, de Edmundo Desnoes. Sus colaboraciones aparecen en la revista Carteles, Lunes de Revolución, Casa de las Américas, La Gaceta de Cuba, Unión, Revolución y Cultura y El Bancario. Ha figurado en diversas antologías de cuentos. Tradujo varias obras del inglés, entre ellas La llave de cristal de Dashiel Hammett (La Habana, Instituto del Libro, 1967). Compiló una Antología del cuento cubano contemporáneo (México, Eds. Era, 1967).
Es uno de los más importantes críticos literarios de Cuba. Entre sus libros vale destacar: A un paso del diluvio (cuento), 1958. /En tres y dos (ensayo), 1964. /En blanco y negro (ensayo), 1967. /Las máscaras del tiempo. /Alea una retrospectiva crítica. /El libro en Cuba. /Memorias recobradas y Las trampas del oficio (ensayo), 2007.
Reinaldo Morales Campos, es especialista en la realización de campañas y acciones comunicativas de publicidad y propaganda e investigador de la Memoria Histórica del Cartel Cubano. Es miembro de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales.
Jorge Luis Sánchez, es graduado en Pedagogía. Es Fundador de la Federación Nacional de Cine Clubes de Cuba. Comienza su labor profesional en el año 1981 con el ICAIC como asistente de cámara, luego Asistente de Dirección, hasta Primer Asistente de Dirección. Ha cursado estudios de dramaturgia, estética e historia del cine. En 1987, organizó el Taller de Cine y Vídeo de la Asociación Hermanos Saíz, (AHS). En 1992 fue presidente de esta agrupación. En los años 1990 y 1991 trabajó como subdirector artístico con el cineasta Santiago Álvarez en el Noticiero ICAIC Latinoamericano. Presidió el comité organizador de las Muestras de Nuevos Realizadores. Ha ejercido la docencia en el ICAIC y en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio. Sus textos obre temática audiovisual han aparecido en los medios de comunicación de Cuba. De su obra documental cabe destacar, Atrapando espacios (1995), Y me gasto la vida (1997) y Las sombras corrosivas de Fidelio Ponce, aún (2001).
Bladimir Zamora, es licenciando en Estudios cubanos en la Universidad de La Habana. Ejerce el periodismo, la investigación histórica y forma parte del consejo de redacción de la Revista El Caimán Barbudo. Su poesía está incluida en antologías Nuevos poetas 1974 (1975), Poetas de la Colina (1977), Imágenes de la mujer (1980), Usted es la culpable (1985) y en Como las huellas de Acahualinca (1988). Sus trabajos han sido publicados en la revistas Cine Cubano, Casa de las Américas, Revolución y Cultura, La Nueva Gaceta, Santiago (Santiago de Cuba).

Nota: El texto Santiago Álvarez, cronista del Tercer Mundo fue escrito por Luciano Castillo junto a Manuel M. Hadad, del que no encuentro información curricular, lamento carencia informativa. La serie de textos sobre cine documental cubano fueron tomados de las revistas: La Jiribilla, Cine Cubano, Rebelión, Miradas y El Caimán Barbudo.

http://www.lajiribilla.cu/
http://www.cubacine.cu/
http://www.rebelion.org/
www.eictv.co.cu/miradas
http://www.caimanbarbudo.cu/

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Miguel Littin

Nacido el 9 de agosto de 1942, el chileno Miguel Littin, descendiente de inmigrantes árabes y griegos, estudia arte dramático y escenografía en la Universidad de Chile hasta 1962, trabajó como director de televisión en el canal de la misma universidad. Tras escribir y dirigir obras de teatro, estrenó con éxito en 1969 la película El chacal de Nahueltoro, que impactó en Chile no sólo en términos de taquilla, sino también en términos sociales y políticos.
Durante el gobierno de Salvador Allende fue presidente de Chile Films. Tras el golpe de estado del dictador Augusto Pinochet, tuvo que exiliarse en México.
En 1985 vuelve clandestinamente a Chile, para realizar un temerario proyecto de filmación sobre la realidad política de su país titulado Acta general de Chile. Cuando regresó a España para culminar el montaje, Gabriel García Márquez le propuso escribir la historia de su película, publicada con el título Las aventuras de Miguel Littín clandestino en Chile, que se transformó rápidamente en un superventas.
Tras su vuelta definitiva a Chile, retornó a la temática latinoamericana con Sandino, 1991 y en 1994 dirigió Los náufragos. En 2009 estrenó Dawson. Isla 10, película basada en las memorias homónimas de Sergio Bitar sobre ese famoso campo de concentración.

Adaptó obras de Alejo Carpentier (El recurso del método, 1978), de Gabriel García Márquez (La viuda de Montiel, 1979) y de Pedro Prado (Alsino y el cóndor, 1982).
Ha escrito dos novelas -El viajero de las 4 estaciones (1990), la historia de su abuelo materno griego, y El bandido de los ojos transparentes (1999)- así como también los guiones de varias de sus películas.
Ganador del Premio Ariel a la mejor dirección 1976, por su filme Actas de Marusia y nominado dos veces en el Festival Internacional de Cine de Cannes como mejor película por sus filmes Actas de Marusia y El recurso del método (1978), y al Oscar 1976 y 1983 como mejor película extranjera, por Actas de Marusia y Alsino y el cóndor respectivamente, conforman su currículum de galardones.
Entre sus películas destacan Compañero presidente (1971), La tierra prometida (1972), Actas de Marusia (1976), El recurso del método (1978), La viuda de Montiel (1980), Acta general de Chile (1985), serie para televisión rodada clandestinamente en Chile, Sandino (1990), Los náufragos (1994) y Tierra del Fuego (1999).
Filmografía
Por la tierra ajena (Chile, 1965)
El Chacal de Nahueltoro (Chile, 1969)
La tierra prometida (Chile, 1971)
Compañero presidente (Chile, 1971)
Crónica de Tlacotalpan (México, 1976)
Actas de Marusia (México, 1976)
El recurso del método (Cuba, 1978)
La Viuda de Montiel (México, 1979)
Acuacultura - Granjas de agua, 1980
Alsino y el cóndor (Nicaragua-México-Costa Rica, 1982)
Acta General de Chile, 1986
Sandino (Chile, 1990)
Los náufragos (Chile, 1994)
Aventureros del fin del mundo, 1998
Tierra del fuego (España, 2000)
Crónicas palestinas, 2001
El abanderado, 2002
La última luna (Chile, 2005)
Dawson. Isla 10 (Chile, 2009)



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La parábola del Versus

Jordi Isern
¿Como entender el arte si no es a través de fragmentos? ¿Cómo dilucidar esa delgada relación entre el trazo continuo y quebrado, con la sabia que encierra el perfecto acabado? Al final, la brecha de la costura de perfiles bajos, define el recorrido para un telar de auténticas palabras.
No quiero entender la fisonomía del cuerpo humano, no me interesa saber cuantos vasos y arterias bifurcan nuestro interior. No me satisface la excitación de las matemáticas, mucho menos pensar que nuestros huesos son el sostén articulado de toda nuestra marcha. Prefiero abordar otros horizontes que son perceptibles desde nuestra propia envoltura. No hablo del discurso vacío de la belleza humana, aunque no niego esa verdad incorruptible al margen de las múltiples variaciones donde cada quien, configura su propio ideal de belleza. Prefiero tantear en los otros espacios que suele desmenuzar la psicología: los sentimientos, las motivaciones, la inteligencia, la personalidad o el sentido de la vida.

Todo se puso en marcha, nació la palabra antigua y a esta voz sustantiva se juntaron otras de aspecto zurdo que laminó la poesía, esa que lo sabe todo. El discurso profético, la apuesta en torno a una idea, la búsqueda inconclusa, el texto inverso que siempre fue creado con esa tónica voz de frases inteligentes. En cada texto quebrado se pintó la vida y su fantástica latitud. Bajo ese ritmo de curvas pobladas dejados en la otra carretera, un abrazo de nostalgias y certezas coparon el portón de los ingenios. Estos son poemas con sabor a silencio, poemas de alegorías infinitas. Sus cauces vierten en ese acantilado para definir el principio y el final, pero lo más importante es la dicotomía entre el estado de quietud y la euforia de saber que estamos vivos. Esas ideas son la rambla de la poética de Corredor-Matheos.
Bajo ese trazo de palabras sinuosas surgió otro diálogo mundano, donde el cuerpo no es esa jungla de musculaturas quebradas como sacos filosos. Esa idea está desterrada en los acentos del artista Jordi Isern, quien construye con pliegues y apuntes pictóricos cuerpos que son realidad, bajo la textura de poemas que sirven de carga quemada para muchos retratos.


Hay que llegar al borde
y apurar esta vida
que duda de sí misma
y que vacila,
y acaso se detiene.
Y volver, si es posible,
por haber descubierto
que nada, nada pasa,
por que no hay en ti
más que ocres,
estos grises,
los oscuros azulesdel otoño.


Pero no se confunda de estética, no hablo del tradicional retrato que busca la perfección donde cada milímetro cuenta. Son puntadas de otra naturaleza, cuerpos enteros o partes de ellos que simulan un acabado desleal y al final se impone ese velo de ventanas que en verdad no existen, están en nuestro inconsciente dopado.
Su marcha va por otros derroteros, para el autor el cuerpo es esa evidencia que toma espacio, se mueve por borrascas disueltas que ocupan simetrías y escalones con su manta de líneas inconexas. Habla, no deja de hablar con esa fuerza que le acecha con símbolos que son verdades absolutas.
Sus plurales maneras de construir, va desde la fragmentación de papeles que siempre fueron cauces de lecturas, madera trenzada por injertos de pátinas desprovistas de sal y acero seco que se funde con la magia de sus epístolas tempranas. Son ideas y colores se acoplan en una sola pieza y dejan claro que no podemos pasar inadvertidos ante ella.
Son cuerpos discretos, donde la luz además de ser protagonista es parte de la trama. Caben los libros en esta propuesta de mirarnos todos, son libros que juntos transpiran palabras, cercos rotos por la quietud de sabernos y se juntan, a la espera de ser una jungla de preguntas que aún no poseen respuestas dejadas al margen.
Isern prefiere denotar la mirada imperfecta, el cáliz de la rigidez. Su brecha exhibe otras dimensiones que son esas verdades que solo la belleza quebrada sabe vestir. En esa pose caben todos los orígenes de la vida. Su postulado mayor podría ser: “todos los fragmentos reunidos en este espacio, están dispuestos para el arte de la lectura”.
No verá gestos ni expresiones en sus vocablos pintados, no hace falta ser esclavos de la evidencia. La metáfora de lo imperceptible tiene ese otro goce maldito, donde las preguntas no significan respuestas, donde el torso no es necesariamente una parte del cuerpo.


LUZ a lo lejos.
Infinita nostalgia
de no sé qué.

El artista nos obliga a doblar el lomo para visualizarlo todo y hacer de nuestra mirada un mar de adjetivaciones lúdicas, pues desde la racionalidad nada se puede encontrar. En tan solo una pasada descubriremos gestos secos, fragmentos de curvas inconclusas, rostros que no son razas de colores definidos. Exhibe una quietud que desdobla esos aplausos que solemos tributar a los que hacen del arte escénico, un arte mayor. Estoy hablando de aplausos personales, como un diario que saber leer sus propias redacciones para no ser compartidas.
Lo más importante no es su técnica de fragmentos o sus curvas nubladas o la suma de estos. Cabe saber de su ingenio para apelar a recursos insólitos que son parte de su plataforma material. Jordi Isern le interesa hablar de los engendros de la vida, de la similitud que aprieta muros contra la disparidad y la simetría. La vida es su verdadero trazo, su punto de partida. Es desde esa idea, donde cabe mejor el arte de los sueños, donde el autor pisa fuerte y levanta su pátina de muchas letras, para aportar definiciones sobre nuestra materialidad.
“La vida es un paso de nada y es que cada instante puede ser único. Los acentos que nos mueven son verdaderos resortes que nos van calando y nos hacen mover, dejando la inercia y el silencio, es una ventana que hay que cerrar al salir de ella”, esta es una de las letras de su trabajo.
En vez de apelar al dibujo plano, los volúmenes son los verdaderos aliados de su discurso. Bajo esa evidencia se mueven todas sus manos, manos que pintan y que piensan. El verso da forma al color, nacen los primeros trazos, las primeras aproximaciones de ideas y se cunde el espacio de todas las parábolas curvas. Esa es la clave de todo: la parábola.
Bajo el signo de las verdaderas adjetivaciones, se forman todos los discursos. El pasto de nuestra existencia, el sentido de la vida y la ausencia de la muerte. La anacrónica visión del tiempo enemigo –como idea peregrina- de esa otra suma de cosas hechas en horas, minutos y segundos, a fin de cuentas no es real esa herencia multiplicada.

Inesperadamente
el verso sale,
da vueltas por la página,
roza el borde del aire,
y luego,
por sorpresa también,
vuelve al lápiz,
la pluma
hasta tu mente,
donde entonces se borra.

Entonces el cuerpo ya empieza a tener sentido en esta puesta de escena. Sus trazos humanos son telones de fondo, aberturas hechas para el fatídico mar de la materialidad de nuestras vidas. Entonces cabe una sugerencia para el lector de sus cuadros, cuando vaya a participar de su arte, no se deje llevar por la voluptuosidad y el veto de la mirada. Más allá de ese telón, están sucediendo obras de arte que pecan de paralelismo real. Nuestra mirada a de saber apreciar los símbolos de su empeño. Jordi Isern enfunda sus manos con palabras sueltas, oraciones a punto de terminar que derivan en párrafos que buscan la complicidad y el ingenio de nuestros sueños. No tema en participar de este juego, comprenderá que es una invitación para hablar con nosotros mismos, como un monólogo pertinaz e inaplazable.

Ya no sientes deseos
de escribir más poemas.
Pides a las cosas
que los hagan por ti,
y quedas escuchándolas
en paz toda la noche.


Nota: Los poemas que acompañan el texto son de Corredor-Matheos.

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martes 29 de septiembre de 2009

Entre los toros y Belén Esteban… los toros

En España, una de las crónicas de estos días fue el pueblo de Tordesillas situado a treinta kilómetros de la provincia Valladolid, a orillas del río Duero. La polémica tomó temperaturas de apuesta, la imagen de una escena desigual con tintes de prepotencia y barbarie bajo los iconos de la brutalidad, era mostrada desde los más recónditos ángulos de telediarios y programas del corazón que no dejaban espacio para la duda. El debate se vistió de fiesta, trasnochando en la superficie del limbo mediático, lejos aún de cerrar una puerta para darle paso a otra, a otra mejor.
Aquella escena necrológica entre “los vencedores y el derrotado” donde los protagonistas presumen aires de grandeza, se mezclaba entre el polvo y la muralla humana que pretendió esconder lo evidente. Quienes defienden con bocanadas de vulgaridad la suma de simbologías como argumentos incólumes se desvanecen por su propio peso. La tradición y la cultura son las únicas banderas de este escenario. No falta en esta valla los lanceros y su sequito bajo una expectante multitud de seguidores, dispuestos a apostillar y sostener las juergas de la brutalidad.
Según la Real Academia Española, tradición en una de sus acepciones significa: “Doctrina, costumbre, etc., conservada en un pueblo por transmisión de padres a hijos”. Sin lugar a dudas esta idea encaja en las fiestas de Tordesillas. Desde un análisis primario, la simple existencia y continuidad de esta festividad sembrada bajo el amparo de las autoridades de esa comarca, la justifican y legitiman, pero ¿son las tradiciones cimientos inamovibles? El ego con aires de goce ante el dolor de lanzas que van cercenando el aliento y el deseo de escapar no son imágenes para el entorno público, pero la “tradición” puede más que todo.
Una multitud de personas se concentraban en torno a una calle para ser testigos y actores en una jungla donde mortales lanzas agujeraban la coraza de un toro, el baño de sangre estaba garantizado.
Si nos servimos de otra de las argumentaciones de los pobladores de este asentamiento para justificar lo injustificable, tomo prestado –una vez más- a la Real Academia sobre una de las significados en torno a la palabra cultura, que la legitima de esta manera: “Conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo”. Esta idea me va acercando un poco más hacia esta trascendental palabra. En otras de sus ideas se cierra mejor la que quiero compartir y esa definición es: “Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc”.
Pues mire usted, esta última me parece mejor y se mueve sobre una palabra clave: el desarrollo. ¿Cómo puede un pueblo autentificar bajo el manto de la cultura el dolor de un animal que para colmo, justifican su ajusticiamiento por que se ha defendido?
Es una obviedad el enjuiciamiento de esta tradición, aunque francamente, debería de ser eliminada esta palabra como ardid para sustentar esta juerga de trasnochados. Pero lo que más me aterró de esta fiesta fue la declaración solemne de una persona, cuyo sexo y edad prefiero no desvelar para no herir sensibilidades y sospechas. Su argumentación presenta una carretera que requiere análisis de otra perspectiva: -Estas fiestas son el acontecimiento más importante del año en Tordesillas.


La Mari (cantante)

Entonces se impone hacer algunas incorporaciones. La cultura es sabia, es riqueza donde lo simbólico y el encanto del oficio se fundan en un solo cuerpo para remover cimientos tendidos como una mano que tan solo pretende elevar a la naturaleza humana. Cultura significa valores universales, talento compartido, responsabilidad ante el texto y el hecho, rigor ante uno mismo y ante el resto de los que somos parte de esta fiesta: la vida. Cultura no es esa violencia sustentada en argumentos vacíos bajo la aceptación pasiva de herencias quebradas. La cultura es también crítica mordaz e inteligente a favor del ser humano, que nada tiene que ver con el arte de torturar a los “toros de la fiesta”.
Me permito sugerir una serie de ideas al pueblo de Tordesillas, que podría ser un aluvión de saberes para el cambio de una población necesitada de otras motivaciones culturales. Para la arrancada, sería estupendo organizar una muestra con la obra cinematográfica de Pedro Almodóvar, un artista que ha revolucionado y enriquecido el panorama cultural de Iberoamérica, de la vieja Europa y Norteamérica, quienes no han estado ajenos a su trabajo.
Una presentación itinerante de narradores orales como lo saben hacer Concha Real, Maísa Marban o Anselmo Sainz no debe faltar en estos pastos de Tordesillas, sin dejar de incluir a Victoria Gullón, quien tiene como bandera la tradición oral de los cuentos como medio para fortalecer el espíritu, la bondad y el talento de todos y cada uno de los que tienen el privilegio de conocer su trabajo.
Incluir el arte joven sería una idea reveladora, en las artes plásticas sobran los ejemplos de desbordados creadores que hoy son cimientos de un arte mayor, que avizora su cima de legitimidad creativa en un futuro presente. Nombres como Estéfani Bouza, Santiago Giralda, Antía Mouré y Olga Simón, son excelentes insinuaciones para minar a Tordesillas de una bocanada de cultura renovadora, de una palabra nacida desde imágenes que nada tiene que ver con el glamour y el incienso. Sus trabajos son trazos inteligentes, creaciones que asumen una circunstancia más allá de sus propias ideas, toman del entorno inmediato y del periférico para ser los traductores de lo que puede parecer cotidiano.
De la música recurriré a los conocidos: La Mari, Chambao, Rosario Flores, Diego El Cigala, Ketama o Concha Buika, por tan solo mencionar algunos de los que hacen de la música popular un arte que sabe tocar la sensibilidad y el espíritu, reunido bajo el aplomo de una tradición que sigue siendo una gran montaña de vientos continuos: la verdadera tradición. Obras que se funden entre los valores de esta tierra y se alimentan de otros aires que soplan venidos, desde los más recónditos lugares.
Para cerrar algunas ideas, no debe faltar la obra de cine documental de jóvenes que toman el pulso a la contemporaneidad y a la historia, que mucho tiene que ver con los verdaderos tintes de la tradición. Por citar unos pocos: José Camello Manzano (Mientras el aire es nuestro), que arremete contra la impunidad que circunda en torno a los valores medioambientales de su cercana Extremadura o Chema Rodríguez (Estrellas de la línea), que disecciona sobre el mundo de las prostitutas en Guatemala, apostando por la dignidad y el decoro. No debe faltar a esta cita los aromas de Arturo Cisneros (Bagdad Rap), con su trabajo de denuncia, -una vez más- al horror, a la brutalidad justificada y tolerante, también al sentido de la guerra, si es que tiene sentido. Montse Armegou y Ricard Belis (Los niños perdidos del franquismo), o Mariano Agudo y Eduardo Montero (Presos del silencio), zanjan la deuda que tenemos todos con nuestro pasado, con nuestra memoria histórica de la que no podemos desentendernos ni un instante.
Manifestante Antitaurina

No faltan personas que se reúnen en cuadro apretado para criticar la mal llamada tradición y la cultura, -en todo caso- de la brutalidad. Sus palabras y sus gestos son verdades de contrapeso ante los oídos sordos de los que callan en las fosas de la complicidad. Ante esta creciente marcha una mirada de aliento, un texto inconcluso para la suma de apuestas, una tertulia de amigos donde dialogar en paso firme, un no reposar de ideas. Habrá que quitarse la camisa, pintar de rojo nuestras mantas de piel y atornillar el silencio en el baúl de los rezagos.
PD: Si Ernest Hemingway resucita, tendría que decirle: -Maestro, usted se ha equivocado.

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Yo soy un hombre sincero. Por José Martí

La obra es de la artista cubana Flora Fong


Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.

Yo vengo de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
En los montes, monte soy.

Yo sé los nombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños,
Y de sublimes dolores.

Yo he visto en la noche oscura
Llover sobre mi cabeza
Los rayos de lumbre pura
De la divina belleza.

Alas nacer vi en los hombros
De las mujeres hermosas:
Y salir de los escombros,
Volando las mariposas.

He visto vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquella que lo ha matado.

Rápida, como un reflejo,
Dos veces vi el alma, dos:
Cuando murió el pobre viejo,
Cuando ella me dijo adiós.

Temblé una vez,— en la reja,
A la entrada de la viña,—
Cuando la bárbara abeja
Picó en la frente a mi niña.

Gocé una vez, de tal suerte
Que gocé cual nunca: — cuando
La sentencia de mi muerte
Leyó el alcaide llorando.

Oigo un suspiro, a través
De las tierras y la mar,
Y no es un suspiro,— es
Que mi hijo va a despertar.

Si dicen que del joyero
Tome la joya mejor,
Tomo a un amigo sincero
Y pongo a un lado el amor.

Yo he visto al águila herida
Volar al azul sereno,
Y morir en su guarida
La víbora del veneno.

Yo sé bien que cuando el mundo
Cede, lívido, al descanso,
Sobre el silencio profundo
Murmura el arroyo manso.

Yo he puesto la mano osada,
De horror y júbilo yerta,
Sobre la estrella apagada
Que cayó frente a mi puerta.

Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla, y muere.

Todo es hermoso y constante,
Todo es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbón.

Yo sé que el necio se entierra
Con gran lujo y con gran llanto,—
Y que no hay fruta en la tierra
Como la del camposanto.

Callo, y entiendo, y me quito
La pompa del rimador:
Cuelgo de un árbol marchito
Mi muceta de doctor.

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El maestro de Norteamérica. Naomi Klein conversa con Michael Moore sobre su última película

Tomado de la Revista Sin permiso www.sinpermiso.info
Naomi Klein

El pasado 17 de septiembre, Michael Moore habló con Naomi Klein sobre su última película, mordazmente anticapitalista, sobre las raíces de la crisis económica presente, sobre la movilización social y mediática de la ultraderecha contra la administración Obama, sobre la recepción de su película por los sindicatos y la población trabajadora norteamericana y sobre los peligros y las promesas del actual momento político. Lo que sigue es la versión castellana realizada por Roc F. Nyerro para SinPermiso de la transcripción de la entrevista telefónica publicada en la revista norteamericana The Nation.
Naomi Klein: Bueno, la película es estupenda. ¡Enhorabuena! Como mucha gente ya sabe, se trata de una resuelta llamada a la rebelión contra la locura capitalista. Pero durante la semana de su estreno, en los noticiarios se hablaba de una revuelta de signo totalmente diferente: las llamadas "reuniones del té", a lo que parece, una apasionada defensa del capitalismo de todo punto hostil a los programas sociales.
No se están viendo muchos signos de hordas tomando al asalto Wall Street. Yo espero que tu película sirva de despertador y catalizador para que todo esto cambie. Me pregunto cómo ves todo esta extraña evolución de las cosas, estas rebeliones procapitalistas dirigidas por [el periodista televisivo de la cadena Fox] Glenn Beck. (1)
Michael Moore: No sabría decir si todo eso son revueltas a favor del capitalismo, o si se trata más bien de un fenómeno espoleado por dos tipos distintos de agendas políticas. Una de ellas viene del hecho de que un número importante de norteamericanos no acaba de aceptar la presidencia de un afroamericano. No creo que les guste eso.
¿Ves eso como la fuerza directriz de las "tertulias de té"?
Creo que es una de las fuerzas, pero creo que hay otras agendas políticas en curso aquí. La otra agenda es de las grandes empresas. Las compañías dedicadas al negocio de la salud y otros intereses empresariales están contribuyendo a encauzar lo parece un estallido espontáneo de ira ciudadana.
Pero el tercer componente de esto es lo que siempre he admirado de la derecha: están organizados, trabajan con abnegación, están prontos a librar sus luchas. De nuestro lado, no veo realmente esa clase de compromiso.
Cuando se estaban manifestando en los mítines urbanos en agosto, esos mítines estaban abiertos a todo el mundo. ¿Dónde estaban los nuestros? Yo pensaba, ¡Huau! ¡En agosto! ¡Trata tú de organizar algo de izquierda en pleno agosto!
¿Y no podría deberse eso a que la izquierda, los progresistas, o comoquiera que nos llamemos, hemos estado en una suerte de estado de confusión con respecto a la administración Obama? ¿Qué la inmensa mayoría de la gente está a favor de una cobertura médica universal, pero no podía salir a proclamarlo porque el asunto no estaba encima de la mesa?
Sí. Y por eso necesitamos gente para articular el mensaje y ponernos a la cabeza de eso y dirigirlo. Ya sabes que hay cerca de 100 congresistas demócratas que han firmado ya a favor de la ley [de universalización de la cobertura médica pública] que propone [el congresista afroamericano] John Conyers.
Obama, creo yo, se percata ahora de que, fuera lo que fuere lo que intentaba hacer con el bipartidismo, manteniendo en alto la rama de olivo, el otro lado no tiene el menor interés en nada que no sea la total destrucción de cualquier cosa que él proponga o trate de hacer. Así, si [el congresista neoyorquino Anthony] Weiner, o cualquier otro miembro del Congreso, quiere dar un paso hacia adelante, ahora es el momento de hacerlo. Y yo desde luego estaría en la calle. Estoy en la calle. Quiero decir, que yo aprovecharía este momento, justo este, para juntar realmente a la gente, porque creo que la mayoría del país quiere esto.
Volviendo a Wall Street, me gustaría hablar un poco más sobre el extraño momento en que nos encontramos. Toda la rabia contra Wall Street, contra los ejecutivos de la [aseguradora] AIG, cuando la gente se manifestaba, no sé qué pasó con todo eso…
Lo que yo siempre temí es que esa enorme rabia que puede verse en tu película, esa especie de insurrección ante el rescate, que forzó al Congreso a votar en contra en primera sesión, si no tenía continuidad en su expresión contra la gente con más poder en la sociedad, contra las elites, contra las gentes que crearon el desastre, si no se canalizaba en un proyecto real para cambiar el sistema, entonces podría fácilmente reorientarse y dirigirse en contra de la gente más vulnerable en nuestra sociedad, quiero decir, los inmigrantes, degenerando en rabia racista.
Lo que trato de averiguar es esto: ¿se trata de la misma rabia, o crees tú que son dos corrientes completamente distintas de la cultura norteamericana? Las gentes que estaban indignadas con AIG, ¿son las mismas que expresan ahora su indignación contra Obama y el ideal de la reforma del sistema de salud?
No creo que sea eso lo que ha pasado. No estoy nada seguro de que sea la misma gente.
Por lo que he podido ver en mis viajes por todo el país cuando filmaba mi película, e incluso estas últimas semanas, hay algo más que está rugiendo cerca de la superficie. No puedes evitar el estallido de indignación en algún momento cuando una de cada ocho hipotecas ha terminado ya o penalmente o con desahucio, cuando hay un desahucio cada 7,5 segundos y la tasa de desempleo sigue creciendo. Es tiene su propio punto de saturación.
Y lo triste de todo eso es que, históricamente, cuando todo esto ha ocurrido, la derecha ha sido capaz de manipular con éxito a quienes han sido duramente golpeados, sirviéndose de su rabia para apoyar a lo que solían llamar fascismo.
¿Qué ha pasado desde el crac? Hace un año ya. Yo creo que la gente sintió que, votando por Obama seis semanas después, saldrían del sistema, y que Obama sería capaz de encauzar bien las cosas. Y lo cierto es que Obama promete parsimoniosamente hacer bien muchas cosas, pero luego cumple muy poquitas.
Bueno, eso no quiere decir que yo no esté muy contento con ciertas cosas que le he visto hacer.
Oír a un Presidente de los EEUU admitir que derrocamos a un gobierno democráticamente elegido en Irán es una de esas cosas. Nunca pensé que lo oiría en toda mi vida. Ha habido momentos así.
Y tal vez sea yo un poco demasiado optimista aquí, pero Obama fue educado por una madre sola y los abuelos, y no creció con dinero. Y aunque fue lo suficientemente afortunado para ir a Harvard y licenciarse, no fue allí para estudiar algo que pudiera hacerles rico, y decidió trabajar en los barrios de la ciudad de Chicago.
¡Ah! Y decidió cambiar su nombre, para volver a lo que figuraba en su certificado de nacimiento: Barack. Lo que no es precisamente el paso que daría alguien que pensara en convertirse en político. Así que, creo yo, nos ha mostrado a lo largo de su vida muchas cosas reveladoras de dónde está su corazón, y durante la campaña electoral tuvo el desliz de decirle a Joe el Fontanero, que creía en distribución equitativa de la riqueza.
Y yo creo que las cosas en las que él cree todavía están aquí. Ahora depende de él. Si termina haciendo caso de los Rubin, los Geithner y los Summers, tú y yo perdemos. Y cantidad de gente que se ha comprometido, mucho por vez primera en su vida, no volverán a comprometerse. Obama tendrá que hacer más para destruir lo que ha de ocurrir en este país en términos de participación en su democracia. Así que espero que entienda la carga que lleva sobre sus espaldas y haga lo correcto.
Bien, me gustaría pincharte un poco más al respecto, porque entiendo lo que dices sobre el modo en que Obama ha vivido su vida y, desde luego, sobre el carácter que parece tener. Pero es una persona que nombró a Summers y a Geither, con quienes tú eres muy oportunamente duro en tu película.
Y después de un año, todavía no ha puesto en vereda a Wall Strett. Nombró a Bernanke. No ha nombrado a Summers para un cargo, pero le ha dado un grado de poder sin precedentes como mero consejero económico.
Y se reúne con él cada mañana.
Exactamente. Entonces, lo que me preocupa es esta obsesión por psicoanalizar siempre a Obama y lo que yo oigo decir a menudo es que estos tíos lo traen engañado. Pero estos tíos los ha elegido él, y por qué no juzgarle por sus acciones y decir: "esto es cosa de él, no de ellos".
Estoy de acuerdo. No creo que lo traigan engañado; creo que es más listo que ellos.


Michael Moore (Realizador)

Cuando acababa de nombrarlos, yo estaba acabando de entrevistar a un ladrón de bancos que no actuaba como tal en la película, pero que es un ladrón de bancos que contratan los grandes bancos como asesor para evitar robos bancarios.
Bueno, pues para no caer en una desesperación negra y profunda, esa noche me dije a mí mismo: ¡Eso es lo que está haciendo Obama! ¿Quién mejor que quien lo creó para sacarnos del atolladero? Los ha subido al carro para poner orden en el desastre que ellos mismos causaron. Sí, sí. Eso es. Eso es. Repite conmigo: "Hogar, dulce hogar".
Y ahora resulta que se les subió al carro para que siguiera el latrocinio.
En efecto. Ahora, es Obama quien tiene que mover pieza.
De acuerdo. Hablemos un poco más de la película. Te vi con [Jay] Leno, y me llamó la atención que una de las primeras preguntas que te hizo fue para plantearte esta objeción, que lo malo no es el capitalismo, sino la codicia. Y eso es algo que oigo muchas veces, esta idea de que la codicia o la corrupción es una especie de aberración de la lógica del capitalismo, y no el motor y la pieza central del capitalismo. Y creo que, probablemente, eso es lo que se oirás a propósito de la soberbia secuencia que se dedica en tu película a los jueces corruptos de Pensilvania que enviaban a chicos a prisiones privadas a cambio de sobornos. Creo que la gente dirá: eso no es capitalismo, eso es corrupción. ¿Por qué resulta tan difícil ver la conexión? ¿Qué les dices tú a la gente que te viene con esto?
Bueno, la gente quiere creer que no es el sistema económico lo que está en la base de esto. Ya sabes, la idea de las manzanas podridas. Pero el hecho pertinente que está en la base, como le dije a Jay [Leno], es que el capitalismo es la legalización de esta codicia.
La codicia ha estado entre los seres humanos desde siempre. Hay un buen número de cosas en nuestra especie que podrías llamar el lado oscuro, y la codicia es una de ellas. Si no pones por obra determinadas estructuras o restricciones en esas partes de nuestro modo de ser que vienen de ese lado oscuro, entonces se salen de madre. El capitalismo hace lo contrario. No sólo no le pone restricción alguna, sino que la estimula, la recompensa.
Me planteo esta cuestión a diario, porque la gente se queda muy sorprendida al final de mi película al oírme decir que hay que eliminarla completamente: "¿Qué hay de malo en ganar dinero? ¿Por qué no puedo abrir una zapatería?".
Y me doy cuenta de que, como no se nos enseña economía en el bachillerato, no pueden entender qué significa todo esto.
El asunto es que cuando tienes capitalismo, el capitalismo te incentiva para que pienses en formas de ganar dinero o de ganar más dinero. Y los jueces jamás habrían podido llegar a recibir sobornos, si el condado no hubiera antes privatizado la reclusión juvenil. Pero como en los últimos veinte años ha habido tal deriva en la privatización de los servicios públicos, que han sido sacados de nuestras manos y puestos en manos de gentes cuya única preocupación es la responsabilidad fiduciaria contraída con sus accionistas o con sus propios bolsillos, pues eso lo ha puesto todo patas arriba.
Lo que a mí me resulta más conmovedor de la película es tu muy convincente montaje sobre los puestos de trabajo gobernados democráticamente como alternativa a este capitalismo de saquea y lárgate.
Me pregunto si cuando viajas por ahí constatas interés por esa idea.
A la gente le gusta esta parte de la película. En cierto modo me ha sorprendido, porque yo pensaba que la gente no lo acabaría de entender, o que le parecería demasiado sentimental o utópico, pero lo cierto es que ha tenido impacto entre los espectadores que yo he tenido ocasión de observar.
Pero, claro, yo lo he montado en la película como un asunto patriótico. Si crees en la democracia, la democracia no puede consistir en votar cada dos o cuatro años. Tiene que formar parte de cada día de tu vida.
Hemos logrado grandes cambios en muchas relaciones e instituciones, porque decidimos que la democracia es un modo mejor de organizar. Hace doscientos años, tenías que pedir permiso al padre de una mujer para poder casarte con ella, y luego, tras el matrimonio, era el marido el que llevaba la voz cantante. Y legalmente, las mujeres no podían tener propiedades ni cosas por el estilo.
Gracias al movimiento de las mujeres en los 60 y los 70, esa idea de la democracia se introdujo en esa relación: que los dos son iguales y los dos han de tener voz. Y en mi opinión, las cosas funcionan mejor ahora, como resultado de haber introducido la democracia en una institución como el matrimonio.
Pero dedicamos entre 8 y 12 horas diarias de nuestras vidas a trabajar, y en el puesto de trabajo no tenemos voz ni voto. Creo que cuando los antropólogos nos excaven dentro de 400 años –si llegamos a tanto—, se dirán: "Mira tú, estos tíos; pensaban que eran libres, decían vivir en democracia, pero se pasaban diez horas al día en una situación totalitaria, y permitían que el 1 por ciento más rico de la población tuviera más riqueza financiera que la suma de riquezas del 95 por ciento situado en los tramos inferiores".
Se van a reír de nosotros, lo mismo que nosotros nos reímos de las gentes que hace 150 años aplicaban sanguijuelas a los cuerpos para curarlos.

Es una de esas ideas que siempre está ahí. En varios momentos de la historia ha sido una idea tremendamente popular. Es lo que realmente quería la gente en la antigua Unión Soviética, y no la variante de capitalismo mafioso del Salvaje Oeste que acabaron teniendo. Y lo que quería la gente en Polonia en 1989, cuando votaban por Solidarnosc, porque lo que se deseaban era que las empresas de propiedad estatal se convirtieran en centros de trabajo democráticamente regidos, no privatizados y saqueados.
Pero una de las mayores resistencias a las cooperativas de trabajadores que yo me he encontrado en mis investigaciones no viene de gobiernos o empresas renuentes, sino de los propios sindicatos. Obviamente, hay excepciones, como el sindicato que aparece en tu película, United Electrical Workers, que se mostraba realmente abierto a la idea de que la fábrica de Republic Windows & Doors se convirtiera en una cooperativa, si los trabajadores así lo querían. Pero en la mayoría de los casos, sobre todo en lo que hace a los sindicatos grandes, tienen su guión, y cuando se cierre una fábrica, su labor consiste en que el trabajador reciba una gran indemnización por la pérdida del puesto de trabajo, tan grande como se pueda. Y tienen una dinámica que opera con este postulado: los más poderosos, los que toman las decisiones, son los propietarios.
Tú tuviste una sesión de estreno de la película en el congreso de [la mayor federación sindical de los EEUU, la] AFL-CIO. ¿Viste a sus dirigentes receptivos a esta idea? ¿Están abiertos, o te dijeron: "eso es irrealizable"? Porque sé que has escrito también sobre la idea de que algunas fábricas de automóviles, a algunas plantas de fabricación de componentes de la industria automotriz que están en vías de ser cerradas se conviertan en fábricas productoras de ferrocarriles subterráneos metropolitanos, por ejemplo. Se necesitaría que los sindicatos hicieran suya esta idea para que resultara factible.
La otra noche, estaba sentado en un teatro con cerca de 1500 delegados del congreso de la AFL-CIO, y yo estaba un poco nervioso cuando iba acercándose el momento de esta parte de la película. Yo me temía que la gente se quedara un poco fría aquí.
Todo lo contrario. Lo festejaron. Un par gritaron: "¡Eso es, exactamente eso es lo que hay que hacer!". Yo creo que los sindicatos, llegados a este punto, se han visto tan derrotados, que están abiertos a nuevas formas de pensar y a ciertas ideas nuevas. La verdad es que me animó mucho ver eso.
Al día siguiente, en el congreso de la AFL-CIO se aprobó una resolución de apoyo a la cobertura médica pública y universal. ¡Uauh! ¿No ves? Las cosas están cambiando.
Volviendo al asunto de hace un ratito, a la incapacidad de la gente para comprender teoría económica básica: en tu película hay una gran escena en la que no consigues que nadie, por instruido que sea, pueda explicar lo que es un derivado financiero.
Entonces la cosa no tiene que ver con instrucción básica. Lo que pasa es que se usa la complejidad como un arma contra el control democrático de la economía. Tal era el argumento de Greenspan: que los derivados financieros eran tan complicados, que los legisladores no podían regularlos.
Es casi como si se necesitara de un movimiento a favor de la simplicidad en los asuntos económicos y financieros, algo en lo que Elisabeth Warren, la congresista que encabeza la vigilancia crítica de los procesos de rescate, ha venido insistiendo: la necesidad de simplificar la relaciones de las gentes con los prestamistas.
¿Qué piensas de eso? Es verdad que no es tal vez realmente una cuestión capital, ¿pero no lleva Elisabeth Warren razón al insistir en eso? Ella es del tipo anti-Summers. Que gente como ella exista, ¿te da esperanzas?
Totalmente. ¿Puedo sugerir una candidatura presidencial para 2016, o para 2012, si Obama nos falla? Marcy Kaptur [la congresista por Ohio] y Elisabeth Warren.
Me encanta. Son las heroínas de tu película. Votaría por esa candidatura.
Estaba pensando en cómo rotular esta entrevista, y lo que voy a sugerirle a mi editor es "El maestro norteamericano", porque la película es un increíble modelo de educación popular al viejo estilo. Una de las cosas que cuenta mi colega en The Natio Bil Greider es que no se estila más este tipo de educación popular. Los sindicatos destinaban antes una parte de su presupuesto a enseñar este tipo de cosas a sus miembros, para hacerles accesibles la teoría económica y lo que pasa en el mundo. Ya sé que tú te ves a ti mismo como alguien entretiene y divierte, pero me pregunto si te ves también como un maestro.
Me honra que uses este término. Me gustan los maestros.
NOTA del T.: (1) Glenn Beck es el conductor de un programa televisivo de gran audiencia en la cadena televisiva derechista Fox, propiedad del magnate australiano de los medios de comunicación Rubert Murdoch. Se ha dicho que la soez demagogia patriotera sin escrúpulos y el tono agresivo y abiertamente agitatorio de Beck recuerdan un poco al locutor radiofónico y periodista español Federico Jiménez Losantos (hasta hace poco, estrella de la radio de los obispos españoles), pero con la diferencia, a favor de la eficacia del mensaje de Beck, de que el norteamericano aparece ante su público con una premeditada apariencia de vulnerabilidad y desamparo (como ex-alcohólico, como hombre del común), muy alejada del grotesco dandismo castizante y de las ridículas poses de letrateniente provinciano del español.


Fotograma del documental (Capitalismo: una historia de amor)

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En la película, escondo a un asesino: reflexiones después de ver Z32. Por Yoav Tal

Tomado de la Revista Pueblos www.revistapueblos.org

El nuevo documental experimental de Avi Mograbi se centra en un soldado israelí que busca el perdón por haber participado en el asesinato de inocentes palestinos. El soldado está listo para participar en la película mientras que su rostro aparezca cubierto. El director de la película –que a lo largo de la misma decide cantar en lugar de hablar– discute y explica en el salón de su casa los dilemas morales en los que se encuentra, ya que esconde al soldado asesino tapándole la cara, éste usa la película para limpiar su conciencia. De hecho, y aquí viene lo interesante, Avi Mograbi se para a compartir e insistir con el público los dilemas morales que otros directores israelíes deciden ignorar.
Y Avi Mograbi retrasa y retrasa, hasta casi aburrirnos, la escena en la que está de pie y cantando en su salón, acompañado por la sinfonía de una orquestra mientras el soldado se confiesa, solapándose las dos escenas: por un lado, Avi Mograbi canta “Oh, estoy escondiendo a un asesino” y por el otro, solapándose, el soldado sigue confesándose, buscando el perdón de su novia. Esto fuerza que nosotros, los espectadores, reexaminemos el caso y entendamos el doble rol contradictorio en el que se centra la película.

Avi Mograbi (Realizador de cine)
Avi Mograbi es un director de protesta que tiene como objetivo exponer, a partir de la película, las injusticias de la ocupación, pero sin ser un director ingenuo, ya que sabe perfectamente que la película es utilizada para otros propósitos, como el soldado que la usa para limpiar su conciencia: escondiendo su rostro hace que Mograbi lo defienda. Mograbi es consciente de esto y usa cualquier truco cinematográfico para que el espectador se dé cuenta, rompiendo la estructura narrativa, cantando en lugar de hablar y, debido a la confesión del soldado, que aparece de pronto, nos recuerda dilemas morales y usa una brillante animación para provocar el estupor de la cara del soldado. Al llegar al clímax de la película, el estupor es tal que por unos momentos parece que estemos viendo la verdadera cara del soldado, pero no es así, es sólo un efecto de la animación tridimensional. Personalmente, este efecto me causó tal impresión que llegué a sentir pánico y me di cuenta de que no quería saber quién era el asesino.
¿Qué podría hacer aun sabiendo quién es el asesino? Alo mejor es un antiguo compañero de estudios, un colega de trabajo, alguien con quien salgo a tomarme una copa. ¿Qué podría hacer en el Israel de 2009 si supiera quién es el asesino? ¿A quién podría recurrir para quejarme? Yla pregunta más molesta sería: ¿puede ser que haya muchas historias como ésta de las que ni oigo hablar y están escondidas, cerradas en el corazón de la gente con la que vivo, estudio o comparto mi vida, historias sobre sus acciones en los Territorios Ocupados Palestinos?


En tiempos donde la industria de cine israelí se promociona ante el público israelí como un cine próspero y atrevido, es agradable encontrarse con una película como Z32, que no forma parte de una falsa celebración y que no promociona una protesta imaginaria, como Vals con Bashir o Beaufort, en las que el soldado israelí siempre es la víctima de sus circunstancias y nunca responsable de sus acciones, y en las que la guerra siempre se presenta sin un contexto histórico y político. En las recientes “exitosas” películas israelíes, la guerra se muestra como un volcán en erupción, sin responsables de sus acciones; al igual que un desastre natural, la guerra sucede en las películas junto al régimen racista y las políticas coloniales de ocupación que duran ya más de 40 años y el soldado israelí es siempre una figura moral, una víctima en conflicto, pero nunca un asesino.
Pero no es suficiente para Mograbi apuntar con el dedo a la Ocupación y sus injusticias. Esta película no sólo nos habla de la Ocupación sino también de la situación de los directores israelíes; aunque quisieran llevar a cabo una verdadera protesta, ésta sólo sería mostrada en salas de cine pequeñas, a altas horas de la madrugada, pero aun así, quedaría enmarcada como una expresión de la democracia israelí. Bajo esta realidad horrible, lo único que le queda a un director israelí en protesta es cantar.

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El documental cubano desde sus orígenes hasta nuestros días. Por Mario Naito López


Del mismo modo en que la primera película de la historia del cine fue un documental —un filme de los hermanos Lumière—, la primera cinta cubana ostentó también esta categoría genérica. En fecha tan temprana como el 7 de febrero de 1897, a dos escasas semanas de la función inaugural del cinematógrafo en Cuba, el francés Gabriel Veyre, quien lo introdujo aquí después de haber arribado de México, rodó un ejercicio del cuerpo de bomberos del Comercio de La Habana, a petición de la actriz española María Tubau, quien se encontraba actuando en el Teatro Tacón con su compañía de teatro. Dicha representación filmada se conoció con el título de Simulacro de incendio y tenía un minuto de duración. Este material, como casi todos los documentales del período silente, se perdió al no existir en aquella época una preocupación permanente por su conservación.
Al año siguiente, al actor cubano José E. Casasús le correspondió la fortuna de realizar nuestro primer corto publicitario: El brujo desapareciendo, que estuvo dedicado a servir de propaganda a una firma cervecera. Una copia de este se envió a los hermanos Lumière, y otra a Thomas A. Edison. En esta pequeña película colaboró con Casasús un muchacho de quince años de edad llamado Enrique Díaz Quesada, que luego se convertiría en la figura más relevante del cine cubano en la etapa muda.
Entre 1906 y 1915, Díaz Quesada fue el principal realizador de documentales en nuestro país. La primera de sus obras, El parque de Palatino (1906), es la muestra más antigua que se conserva de una película cubana, así como la única existente en los archivos, de todas las cintas rodadas por este pionero del cine nacional. Desde inicios del siglo XX hasta mayo de 1923 en que fallece, Díaz Quesada luchó tenazmente por impulsar la producción cinematográfica en Cuba. Un fuego que tuvo lugar poco después de su muerte destruyó prácticamente casi todos los negativos de su obra. Entre los filmes rodados por él figuran La Habana en agosto de 1906, La salida de palacio de Don Tomás Estrada Palma, Un turista en La Habana, Un cabildo en Ña Romualda, Los festejos de la Caridad en Camagüey, Toma de posesión de José Miguel Gómez, Salida de Mr. Magoon de Cuba, Los funerales de Morúa Delgado, Los cruceros Cuba y Patria entrando en el puerto de La Habana, Vuelo del aviador McCurdy sobre La Habana, Salida de tropas hacia Santiago de Cuba durante la guerra racista, El epílogo del Maine, Industria de la caña de azúcar, Los carnavales de Cienfuegos, Toma de posesión del general Menocal e Inauguración de la estatua del general Maceo.
Como se observa, en sus inicios, el documental tuvo una función principalmente de carácter testimonial, donde se recogían algunos de los sucesos políticos, sociales, históricos o culturales, significativos de la época, aunque también ejerció un papel promocional o divulgativo. El propio Díaz Quesada realiza, en 1910, un trabajo de publicidad: El sueño de un estudiante de farmacia, en el que se muestran distintos departamentos de la antigua Droguería Sarrá, y dos años más tarde, Festival infantil de Bohemia, un reportaje sobre una distribución de juguetes organizada por dicha publicación para los niños habaneros. En 1915, el llamado «padre de la cinematografía cubana» captó en celuloide la pelea de boxeo entre Jess Willard y Jack Johnson, que tanto diera que hablar en su tiempo. Un lustro después rodará Cómo se hace un periódico, que además de mostrar el proceso de edición de un diario anunciaba el concurso del periódico La noche, para elegir al artista más popular del momento.

Julio García Espinosa (Realizador)

Ya 1920 se edita un primer noticiero silente, Suprem Film, que contenía noticias sobre la alta sociedad y anuncios comerciales. Su realizador era Juan Valdés y en él colaboraba el cronista social Enrique Fontanills. Su frecuencia era esporádica. Además de este intento de noticiario, existieron otros de la etapa muda como las Actualidades Habaneras, de Jorge Piñeyro, Salvador Cancio (Saviur) y Rogelio Pujol, en colaboración con el periódico La Prensa; el Noticiero OK —que también editó Juan Valdés—; el Noticiero Santiagueras —más bien una revista cinematográfica—; y el Noticiero Liberty, pero solo este último continuó en el período sonoro, aunque con ediciones ocasionales.
De la segunda mitad de la década de 1910 se tiene conocimiento de otros documentales, de los cuales tampoco se conservan copias ni se conocen los nombres de sus realizadores. Entre estos se sabe de títulos como Convulsión liberal en Oriente, Cuba en la guerra, La manifestación en honor de Estados Unidos, Las regatas de Varadero y El soldado de Cuba.
Entre los materiales del género, de determinada importancia, en la década de los años veinte, pueden citarse: La llegada del Alfonso XIII, un corto publicitario del refresco Orange Crush, Las regatas de Cienfuegos, Camagüey histórico y legendario —de Anselmo Lazcano—, dos reportajes sobre el ciclón de 1926 —uno de Manuel Andréu y otro de Abelardo Domingo— ¿Cuál es la cubana de los ojos más lindos? —de Ernesto Gallardo— (divulgador de un concurso publicitario auspiciado por la revista Bohemia, para escoger a la criolla de los ojos más bellos).(
1)
El gobierno del general Gerardo Machado creó en 1925 un departamento de cinematografía, adscrito a la Secretaría de Obras Públicas, que filmó miles de pies de películas de carácter propagandístico. Su director fue Manuel Martínez Illas, realizador de documentales que había debutado en 1906 rodando el corto Cine y azúcar, para la Manatí Sugar Company. Parte de este metraje está archivado en las bóvedas de la Cinemateca de Cuba, el cual había sido añadido en los años cincuenta noticieros de esa época.
Para realizar la primera demostración de cine sonoro en Cuba, el inventor norteamericano Lee De Forest viajó en febrero de 1926 a nuestro país con sus equipos de filmación. Como se menciona en el artículo de Ma. Eulalia Douglas «El largo camino del silente hacia el sonoro» en la sección Memoria de este número el gobierno del general Machado financió un documental con el propósito anterior. Lamentablemente no se conserva copia de este material.
Sin embargo, del primer experimento de cine sonoro realizado en Cuba por técnicos cubanos, que data de 1932, Un rollo Movietone sí se guarda constancia. Arturo del Barrio, Antonio Perdices y Ramón Peón habían fundado, en 1929, la BPP Pictures que además de algunos largometrajes de ficción produjeron una serie de documentales conocidos con el nombre genérico de Conozca a Cuba.
En los archivos de la Cinemateca se conserva una copia del no. 5 de los materiales de esta serie, realizado por Max Tosquella, en el cual se recoge la inauguración del pabellón García Tuñón en la antigua Quinta de Dependientes, hoy Diez de Octubre; también se guarda otro título de la serie referente al bojeo del buque escuela Patria por las costas de Cuba, que también dirigió el mismo Tosquella. La BPP Pictures realizó otros documentales como Varona Suárez y el baile de las naciones y La última jornada del Titán de Bronce, ambos de 1930, de los cuales se conservan copias.
En 1932, Max Tosquella rueda propiamente el primer cortometraje sonoro, Maracas y bongó, con música de Eliseo Grenet, aunque este tiene una trama de ficción. Como en los primeros años treinta se mantienen los efectos de la crisis económica de 1929 y resulta complicado aún propiciar rápidamente los cambios tecnológicos para asumir el cine sonoro, todavía fueron realizados algunos documentales mudos en este período como el referente al terremoto de Santiago de Cuba, en 1932, y La epopeya revolucionaria cubana y Una página de gloria. Vuelo Sevilla-Habana, ambos de 1933.
Durante la república neocolonial numerosas empresas e individuos se vincularon al negocio de la producción de documentales y cortometrajes, pero muy pocos lograron subsistir durante un período razonable. Entre ese privilegiado grupo figuró Manolo Alonso, dibujante, administrador de cines, periodista, y sobre todo gran negociante, quien logró monopolizar desde principios de los años cuarenta hasta 1950 la producción de noticieros, además de realizar documentales, comerciales y dedicarse a la exhibición. Comerciantes, políticos, el gobierno mismo, utilizaban fundamentalmente el cine como medio de propaganda. Las empresas de los noticiarios incursionaron también en el género documental y produjeron cortos que a veces denominaban con nombres genéricos: Miniaturas Royal —serie de tipo turístico y didáctico inaugurada por Luis Ricardo Molina, editor del reportaje La tragedia de Cali (1937), perteneciente al Noticiero Royal News—, Verdades increíbles, entre otros.
Al comenzarse a incorporar el sonido al celuloide aparecen los primeros cortometrajes musicales: El frutero (1933) y Como el arrullo de palmas (1936), de Ernesto Caparrós, inspirados en la música del compositor Ernesto Lecuona, como refiere también Ma. Eulalia Douglas en su texto. Lamentablemente no se han podido localizar copias de estas obras. En 1938, el propio Caparrós realiza Tam-Tam o El origen de la rumba, que muestra el desarrollo de este baile afrocubano desde la época de la esclavitud hasta el año de su producción. Es en este mismo año en que el Partido Socialista Popular, de orientación comunista, funda la Cuba Sono Film, la cual a través de Luis Álvarez Tabío y el operador José Tabío realiza numerosos noticieros y documentales. Esta institución fílmica, que se mantuvo hasta 1948, plasmó en imágenes la historia del movimiento obrero y sindical cubano de esos años, además de denuncias y valiosos testimonios de la realidad del país, pero el material se ha perdido en su casi totalidad. Entre los documentales militantes iniciales pueden citarse títulos como Acto a Castelao, Gran manifestación de septiembre de 1938, Toma de posesión del Comité Nacional del Partido Comunista, Asamblea Juvenil por la Constituyente, Constitución de la CTC, Gran manifestación del 20 de agosto de 1939, La Jata: intento de desalojo en Guanabacoa, Llegada de combatientes internacionalistas cubanos, Por un Cerro mejor, Talleres para Hoy.
Entre los cortometrajes de finales de los años treinta, aparte de los materiales sensacionalistas que los noticieros recogían, se rodaban reportajes especiales sobre sucesos deportivos como La pelea de Kid Chocolate y Fillo Echevarría, producido por Jorge Piñeyro, o sobre la crónica roja como El caso de Margot García Maldonado, de Leo Aníbal Rubens.
Octavio Cortázar (Realizador)

En el panorama de los años de la Segunda Guerra Mundial junto a documentales de la Cuba Sono Films como Escuelas del Ecuador, Manzanillo: un pueblo alcalde, El desalojo de Hato del Estero (con textos de Nicolás Guillén y musicalización de Alejo Carpentier), Azúcar amargo, La lucha del pueblo cubano contra el nazismo, ¡A trabajar para el pueblo!, Los carboneros de la ciénaga, sur de Batabanó y Yaguajay, Un pueblo alcalde, coexisten cortos musicales como Mis cinco hijos y Ritmos de Cuba, ambos de Ernesto Caparrós, el primero patrocinado por la Cerveza Polar; Embrujo del fandango, con Carmen Amaya y su conjunto de bailes flamencos, producido por la Compañía Cinematográfica Cubana, y Flor de Yumurí, con Esther Borja, ambos de Jean Angelo; Ritmo de maracas, de Antonio Jiménez Armengol —el primero de los documentales de Producciones Cubanas, S.A., fundada por este último y Enrique Crucet, realizador años más tarde de La ruta de Martí—, y Amor en kilociclos, de Manolo Alonso, con Rosita Fornés y René Cabel. Otros realizadores de documentales de esa época fueron José A. Sarol (Su majestad el ladrillo, 1940; Camagüey, 1944; Los parques de La Habana —aparentemente el primer filme en colores revelado en Cuba mediante el sistema Ansco Color—, 1944; Santiago heroico y sentimental, 1946); Enrique Bravo (El caso Oriente, 1942), quien había sido fotógrafo de El crimen de la descuartizada (1939), cortometraje de la serie amarilla La Noticia del Día, fundada por Jorge Piñeyro y Manolo Alonso, apéndice del Noticiario Cinematográfico Cubano CMQ-El Crisol; Aurelio Lagunas (Cienfuegos, la perla del Sur, 1942); El lenguaje de las flores y Palmares, 1944; Víctor Reyes (El diablo fugitivo, 1944); José Antonio García Cuenca (Isla del Tesoro, rodado en los años cuarenta); César Cruz (Ahí viene la conga, 1946); Alberto G. Montes (Borrando huellas de otras épocas, Construyendo nidos de esperanza, Distancias fáciles, Nace un futuro, todos de 1946, casi todos propagandísticos por encargo del gobierno de Grau San Martín); Bebo Alonso, camarógrafo hermano de Manolo (Prensa, baluarte de la libertad —premio nacional Juan Gualberto Gómez—, 1946, aparentemente también en función de propaganda); Bernabé (Bebo) Muñiz (La historia íntima de cayo Confites —premio al mejor documental bélico otorgado por la Federación de Redactores Cinematográficos y teatrales—, 1947). En la segunda mitad de la década del cuarenta la Cuba Sono Films produce, entre otros documentales, Un héroe del pueblo español: José Gómez Gayoso, Realengo 18, Ventas de Casanova, Los precaristas de la hacienda Sevilla, y Funerales de Jesús Menéndez, siendo esta la última de sus realizaciones.
En el período sonoro hasta 1959, se fundaron unos veinticinco noticieros, incluidos los que se editaron en el interior de la Isla. Al fusionarse algunos de ellos con diversas empresas —radio-emisoras, periodísticas, industriales— o entre sí, adaptaban nuevos nombres, pero mantenían los mismos editores y lineamientos. Entre el ochenta y cinco y el noventa por ciento de los noticieros que se creaban, desaparecían en corto tiempo. El Royal News, de Luis Ricardo Molina, y los de Manolo Alonso, Nacional y América —en sus frecuentes y variables asociaciones con otras empresas— fueron los únicos que lograron mantenerse a través de los años. Más tarde les siguieron Cineperiódico, de José Guerra Alemán, y Noticuba, de Eduardo Hernández (Guayo), que logró realizar un reportaje sobre la lucha guerrillera revolucionaria de Fidel Castro en las montañas de la Sierra Maestra. Estos últimos cuatro eran los únicos que aún se editaban al terminar el año 1958.
Los noticieros más importantes subsistían, mayormente, por las prebendas, comisiones del gobierno y «contribuciones» de grandes empresas de servicio público, que pagaban mensualidades para evitar críticas o denuncias públicas. Asimismo se utilizaban a conveniencia para propaganda política, crónica social, etcétera. Una característica de los noticiarios cubanos fue agregarle un segmento, casi siempre de corte humorístico, patrocinado por alguna firma comercial para atraer la atención del público. Por ejemplo, Cine Revista, de los años cincuenta, con unos diez minutos de duración, contenía breves documentales, notas deportivas y sociales, modas, y una selección de chistes. De toda esta tendencia publicitaria, por supuesto, estuvo libre el Noticiero Gráfico Sono Film, auspiciado por el Partido Socialista Popular en los años cuarenta.
Los documentales de la década de los años cincuenta, en su mayoría, se caracterizaron predominantemente por su espíritu propagandístico, incluyendo a menudo una función turística o comercial. Manolo Alonso, además de haber realizado dos de los largometrajes de ficción más significativos del cine cubano de esa época: Siete muertes a plazo fijo y Casta de roble, y de ser la personalidad rectora de los noticiarios de esos años, produjo o dirigió muchos de esos cortometrajes, entre ellos algunos interesantes como Milagro en el mar (1951) —premio de la Federación de Redactores Cinematográficos y Teatrales— y Virgen morena, patrona de Cuba (1952), pero tuvo el pecado capital de encomiar con frecuencia en varios de sus materiales al régimen del dictador Fulgencio Batista: Adelante, siempre adelante (1954-1955), Cambio de poderes (1955), Una nación en marcha (1957). Alberto G. Montes, fundador (en 1946) de la empresa Information Films se dedicó a filmar documentales mayormente por encargo: Industrias nacionales: el cemento (1950), Industrias nacionales: textil (1951), Feria Ganadera 1953, Cienfuegos turístico (1953), Bayamo M.N. (1955), El moderno San Rafael (1957), y en 1954 creó la Cuban Color Films Corp., con Jorge Cancio y George P. Quigley, dirigida a comerciales en colores. Otros nombres de documentalistas habituales de esos años fueron los de J. A. García Cuenca (Paraíso del deportista, 1954), Manuel de la Pedrosa (con algunos de sus cortos musicales como Del frufrú al mambo, Mambo en España, Rumba, todos de 1951), y Rogelio Caparrós (La metalurgia básica nacional, 1957; Tabaco rubio, 1958). José Guerra Alemán, de Cineperiódico, realiza entre otros documentales de interés Eva Perón, la dama de la esperanza (1952), reportaje con motivo de los funerales de la esposa y estrecha colaboradora del presidente argentino Juan Domingo Perón, y Haití, tierra de ensueño (1954) sobre el 150. Aniversario de la independencia de ese país.

Manuel Octavio Gómez (Realizador)

No obstante, el fenómeno de la escuela documental cubana surgido en la llamada década prodigiosa de los sesenta no se limitó a la figura ya legendaria de Santiago. La riqueza temática y artística del género pudo apreciarse desde muy temprano a través de muchos títulos de otros realizadores: El negro (1960), de Eduardo Manet; Carnaval (1960), de Fausto Canel y Joe Massot; Ritmo de Cuba (1960), de Néstor Almendros; Y me hice maestro (1961), de Jorge Fraga; Historia de una batalla (1962) y Cuentos del Alhambra (1962), de Manuel Octavio Gómez; Colina Lenin (1962), de Alberto Roldán; Historia de un ballet (1962), primer documental que obtuviera la Paloma de Oro en el Festival de Leipzig, y Nuestra Olimpiada en La Habana (1968), de José Massip; Variaciones (1962), de Humberto Solás y Héctor Veitía; El parque (1963), de Fernando Villaverde; Gente de Moscú (1963), de Roberto Fandiño; Nosotros, la música (1964), de Rogelio París; Sobre Luis Gómez (1965), de Bernabé Hernández; Vaqueros del Cauto (1965) y El ring (1966), de Oscar L. Valdés; Hombres del cañaveral (1965), de Pastor Vega; La herrería de Sirique (1966), de Héctor Veitía; La muerte de Joe J. Jones (1966), de Sergio Giral, Por primera vez (1967) y Acerca de un personaje que unos llaman San Lázaro y otros llaman Babalú (1968), de Octavio Cortázar; En la otra isla (1968) y Una isla para Miguel (1968), de Sara Gómez; Hombres de Mal Tiempo (1968), de Alejandro Saderman; En un barrio viejo (1963), Ociel del Toa (1965) y Coffea Arábiga (1968), de Nicolás Guillén Landrián. Particularmente, Oscar L. Valdés, Sara Gómez, Guillén Landrián y Cortázar pudieran considerarse junto a Santiago Álvarez, la avanzada de todo este grupo de documentalistas. Sin embargo, podría enumerarse una relación más amplia de obras de estos y otros autores, rodadas durante los años sesenta, para integrar una antología de lo más significativo producido por el ICAIC a lo largo de toda su historia.
La característica fundamental en la inspiración creativa de estos años fue la experimentación osada y desenfadada propia de los bisoños, frente al torbellino de las transformaciones económico-sociales cotidianas. A inicios de los sesenta, los cineastas del ICAIC tuvieron que aprender por sí mismos la técnica y el lenguaje cinematográficos. Como taller les sirvieron los cortos de la serie didáctica Enciclopedia Popular, dirigida por Octavio Cortázar, aparecidos entre 1961 y 1963. Pero también los jóvenes realizadores aprovecharon las experiencias de algunos visitantes y representantes ilustres de la documentalística universal contemporánea como Joris Ivens, Roman Karmen y Chris Marker, quienes vinieron a Cuba dispuestos a trabajar y a trasmitir sus enseñanzas.
A finales de los años sesenta, empero, nuestros documentalistas ya habían demostrado que eran capaces de experimentar y aportar en el género, ya fuera el propósito conceptual de sus búsquedas la investigación del pasado o la indagación de la realidad cotidiana. La crítica internacional señala generalmente los sesenta como «la época de oro» del documental cubano por su ebullición imaginativa y espíritu creativo, apuntando que el género no ha vuelto después a alcanzar la dimensión artística de aquella etapa. Este juicio podría originar esquematismos, pues debe considerarse que los primeros años de todo movimiento cinematográfico guardan la frescura y el esplendor del descubrimiento. No puede exigirse a épocas posteriores los temas e inquietudes de un momento histórico específico, pues cada período tiene sus características.
El único documental cubano realizado en los años sesenta que provocó un rechazo oficial en su tiempo fue P.M. (1960), de Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante, rodado en 16 mm al margen del ICAIC. Notablemente influido por el movimiento del Free Cinema inglés, este material se apartaba de los temas épicos ligados a las transformaciones revolucionarias que predominaban en el clima social de la época, abordando aspectos de la vida de los bares nocturnos que mostraban a gente solitaria y perdida en un mundo rutinario y monótono. La comisión de estudios y clasificación de películas prohibió la exhibición de dicho filme por considerarlo, en ese momento, nocivo a los intereses del pueblo cubano y su Revolución. Hoy día puede verse como un ejercicio estilístico de acercamiento a un universo marginal en cierto modo pintoresco.
La Sección Fílmica de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (ECIFAR), creada en diciembre de 1961, cuyo antecedente sería la Sección de Cine de la Dirección de Cultura del Ejército Rebelde surgida dos años antes, produciría a partir de la fecha citada filmes didácticos, documentales y el noticiero NOTIFAR. Aunque su producción está destinada esencialmente a las Fuerzas Armadas, muchos títulos son exhibidos por la televisión a través del programa Farvisión, en programas especiales de los cines y en festivales nacionales y extranjeros. En noviembre de 1968 se ofrece por primera vez al público en un cine comercial, el Rex Cinema, una semana de cine de temática militar y al año siguiente, el documental Y llegado el momento, de Abelardo Pláceres, recibe el premio especial en el Festival de Cine Militar de los Ejércitos Amigos, en Rumania. Entre los primeros largometrajes de esos estudios pueden citarse: Mundial 71 (1971), de Francisco Soto Acosta; Crónica de una visita (1972), de Roberto Velázquez; Marzo 13 (1973), de Jorge Fuentes y FAR Año XV (1973), de Romano Splinter. Otros documentales significativos posteriores son Canción de ayer y después (1977), de Danilo Lejardi; Polígonos (1977) y Hermanados en la hazaña (1980), de Eduardo de la Torre; Proa al futuro (1981), de Romano Splinter; Ayer, hoy y siempre (1982) y Obá-Ilú (1986), de Emilio Oscar Alcalde y España en el corazón (1982), de Belkis Vega. En diciembre de 1978 adoptarían ya el nombre de Estudios Cinematográficos y de Televisión de las FAR (ECITV-FAR) al incorporar la televisión a sus tareas. Años más tarde algunos materiales serían incluso galardonados en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, como es el caso de la serie documental Corresponsales de guerra (1987), de Belkis Vega.
En 1972 se funda el Departamento de Cinematografía Educativa (CINED) de la Dirección de Medios de Enseñanza del MINED, que varios años después se convertiría en la empresa de películas y diapositivas didácticas de ese organismo. Dicha institución ha producido desde entonces documentales para el sistema nacional de enseñanza, que en ocasiones se han mostrado por la pequeña pantalla y han llegado a competir en festivales nacionales e internacionales. Ya en 1976, el documental El primer instrumento, de Luis Acevedo Fals, obtiene el máximo galardón en un festival de protección e higiene del trabajo de los antiguos países socialistas, y en el Primer Festival del Nuevo Cine Latinoamericano (1979), concursa junto a este una amplia muestra de cortometrajes de esta entidad educacional: La poesía de Nicolás Guillén (1974) de Ambrosio Fornet, Quelonios (1975) de Francisco Fernández Conejero, Caña de azúcar (1978) de Santiago Prado, En peligro de extinción (1979) de Manuel Acosta Cao, Conociendo la naturaleza (1979) de Marcelo Fajardo, Crónica de una encuesta (1979) de Eddy Pérez Tent, La primera opción (1979) de Alberto Ortiz de Zárate, Sierra Maestra (1979) de Félix Villar.
Manuel Pérez (Realizador)

A los años setenta se ha hecho referencia como la «década gris» de la cultura cubana, a causa del estancamiento burocrático que afectó a muchas manifestaciones artísticas en ese lapso, aunque el ICAIC puede encontrarse entre las contadas instituciones que pudieron salvaguardarse de su efecto. Entre lo más relevante de la producción fílmica de los setenta, no puede desconocerse Muerte y vida en El Morrillo (1971), de Oscar Valdés, conjunción creativa del documental y la ficción, sobre los sucesos políticos ocurridos en Cuba desde el fin de la dictadura de Machado hasta la muerte del revolucionario Antonio Guiteras, que ayudaría a poner en boga entre nosotros a ese «género» denominado docudrama. Girón (1972), de Manuel Herrera, fue el primer largometraje que se apropió de ese estilo empleado ya por Saderman, en Hombres de Mal Tiempo (1968), que probablemente sirvió de inspiración a Manuel Octavio Gómez para su cinta de ficción La primera carga al machete (1969). Otros títulos loables del documental cubano de inicios de esta década son 1868-1968 (1970), de Bernabé Hernández, ¡Viva la República! (1972), de Pastor Vega, y Hablando del punto cubano (1972), de Octavio Cortázar.Con los años setenta, Santiago Álvarez se alejó de la línea experimental desarrollada en el decenio precedente, y comenzó a explotar más el largometraje documental de tema político-social sobre la lucha internacionalista contra el imperialismo y la reacción (De América soy hijo y a ella me debo, 1972; Y el cielo fue tomado por asalto, 1973; Los cuatro puentes, 1974), y también a reflejar más la solidaridad de Cuba hacia otros pueblos (La estampida, 1971; El tigre saltó y mató... pero morirá... morirá, 1973; El octubre de todos, 1977).
Otros realizadores emplearon el género para vitorear la obra social de la Revolución, en sectores como la construcción o la educación, como Rogelio París, en No tenemos derecho a esperar (1972) y Jorge Fraga en La nueva escuela (1973) respectivamente. Directores experimentados en el cine de ficción como Humberto Solás, Tomás Gutiérrez Alea y Julio García-Espinosa se decidieron también eventualmente en esta década a retornar al documental: Solás rodó dos obras estimables Simparelé (1974) y Wifredo Lam (1979), Titón entregó un ejemplar cortometraje de siete minutos, El arte del tabaco (1974) y García-Espinosa brindó un testimonio crítico sobre los crímenes de guerra yanquis en Viet Nam en Tercer mundo, tercera guerra mundial (1970).
El largometraje documental más significativo de este período fue 55 hermanos (1978), de Jesús Díaz, acerca de la primera visita a Cuba de la Brigada Antonio Maceo, formada por jóvenes que fueron sacados del país por sus padres, cuando eran niños, en los primeros años de la Revolución, asunto abordado con profunda sensibilidad y emoción.
En la década de los setenta aparecen los primeros cortometrajes de algunos de los directores debutantes del cine de ficción de los ochenta y se afianzan como documentalistas algunos que habían realizado sus pininos en los sesenta. Juan Carlos Tabío filma un didáctico Bagazo (1970), seleccionado por los críticos entre lo más significativo de ese año. Luis Felipe Bernaza, con su jocoso estilo característico, presenta Golpe por golpe (1974) y El piropo (1978). Orlando Rojas, con su penetrante sentido artístico rueda Día tras día (1977) y Viento del pueblo (1978). Rolando Díaz, con su innegable carácter populista, acierta en el blanco con Redonda y viene en caja cuadrada (1979). Constante Diego, poseedor de un proverbial conocimiento del diseño y la gráfica, entrega Las parrandas (1977) y Carteles son cantares (1979). Fernando Pérez, muestra en Siembro viento en mi ciudad (1978), sobre Chico Buarque de Hollanda, mayor rigor profesional y alcance que sus colegas en otros documentales sobre algunas figuras contemporáneas del canto que aparecieron en varios materiales fílmicos de los setenta. Daniel Díaz Torres se agregaría a este grupo, a inicios de los ochenta, con dos cortometrajes de cuidadosa elaboración estética: Madera (1980) y Los dueños del río (1980). Estos tres últimos cineastas: Rolando, Fernando y Daniel, venían participando como realizadores en los noticieros del ICAIC de finales de los años setenta, algunos de los cuales ya desbordaban esa categroía y devinieron documentales de amplia aceptación popular, con un enfoque crítico sobre los servicios a la población y la atención a la comunidad.
Rebeca Chávez (Realizadora)

Documentales sobresalientes de esta época son también Pablo (1978), largometraje de Víctor Casaus; Pedro cero por ciento (1980) y Cayita, leyenda y gesta (1980), de Luis Felipe Bernaza; y A veces miro mi vida (1981), de Orlando Rojas; los cuatro apoyados en individualidades carismáticas irrepetibles, cada una perteneciente a esfera social y contextos diferentes.
Una temática imprescindible del cine documental cubano en la segunda mitad de la década de los setenta necesariamente tenía que ser la de nuestra participación en las luchas solidarias de liberación en el continente africano. Títulos como La guerra en Angola (1976) de Miguel Fleitas y Etiopía, diario de una victoria (1979) —coproducción del ICAIC y ECITV-FAR— realizado por el propio Fleitas con Roberto Velázquez, recogen este testimonio.
A finales de esa década se produce una especie de eclosión del movimiento aficionado de cineastas, gracias a la introducción y venta de equipamiento y película de 8 mm en el país. Esto posibilitó que surgieran grupos como el de la Casa de Cultura de Plaza, en la capital, y el Círculo de Aficionados del Cine Cubanacán de Santa Clara, entre otros, lo cual daría pie a que en septiembre de 1981 se organizara por el Ministerio de Cultura el Primer Encuentro Nacional de Cine Aficionado, en La Habana, y en noviembre de 1984, el Primer Festival Nacional de Cine Aficionado donde se mostraron numerosos documentales de cineastas no profesionales.
Los ochenta fueron años de reformulación de la política cultural cubana, en los cuales predominó una ansiedad por problematizar el arte y vincularlo con la realidad social. Aunque existieron controversias y polémicas que rebasaron los marcos del ICAIC, en esta etapa tuvieron acceso al documental otras talentosas nuevas figuras que realizaron obras meritorias de diversos temas. Entre la producción más descollante del documental cubano del ICAIC de los ochenta pueden enumerarse: En tierra de Sandino (1980) de Jesús Díaz, La Gloria City (1980) de Sergio Núñez, Historia de una descarga (1981) de Melchor Casals, Algo más que una medalla (1982) de Rogelio París, Con amor (1982) de Santiago Villafuerte, El corazón sobre la tierra (1982) de Constante Diego, Una foto recorre el mundo (1982) del chileno Pedro Chaskel, Crónica de una infamia (1982) de Miguel Torres, La espera (1982) de Orlando Rojas, Camilo (1982) y Omara (1983) de Fernando Pérez, Mujer ante el espejo (1983) de Marisol Trujillo, Los marielitos (1983) y Niños desaparecidos (1985) de Estela Bravo —en coproducción con el ICRT y Sky Productions respectivamente—, Granada, el despegue de un sueño (1983) y El viaje más largo (1987) de Rigoberto López, La semilla escondida (1984) de Lázaro Buría, Una vida para dos (1984) y Kid Chocolate (1987) de Gerardo Chijona, Yo soy la canción que canto (1985) y Con luz propia (1988) de Mayra Vilasís, Uno, dos, eso es (1986) de Miriam Talavera, Mientras el río pasa (1986) y Volvamos a empezar (1987) de Guillermo Centeno, No es tiempo de cigüeñas (1987) de Mario Crespo, Joven de corazón (1987) de Octavio Cortázar, Buscando a Chano Pozo (1987) de Rebeca Chávez, ¡Quietos ya! (1987) de Guillermo Torres, Telarte (1987) de Idelfonso Ramos y Campeonas (1988) de Oscar Valdés, aunque tal vez la personalidad más singular del género en esos años sea la de Enrique Colina, que con sus cortometrajes del período (Estética, 1984; Vecinos, 1985; Más vale tarde que nunca, 1986; Chapucerías, 1987) supo captar con auténtico espíritu criollo la forma de ser del cubano actual.


Rigoberto López (Realizador)
En la segunda mitad de la década del ochenta aparecen los primeros trabajos fílmicos procedentes del Taller de Cine de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) —fundado en junio de 1987 e integrado por jóvenes miembros del ICAIC, el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), los ECITV-FAR y de Cinematografía del MINED— y de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños —inaugurada en diciembre de 1986—, que promueven a una novísima generación de cineastas. Instituciones o dependencias como los ECITV-FAR, ya mencionados, y los Estudios Cinematográficos del ICRT— creados estos últimos en 1962—, logran en estos años ampliar la producción de documentales para los fines específicos con que el Estado las creó. El formato de vídeo se agrega al de celuloide, y posibilita también que los grupos de cine aficionado que existen en el país puedan incrementar el número de cortometrajes realizados.
Las Muestras de Cine Joven que se organizan a partir de 1988 hasta 1992 y cuyo espíritu recogió después el evento anual El Almacén de la Imagen, de Camagüey, coadyuvaron al ensanchamiento del espectro temático de los materiales concebidos. Diana (1988) de Juan Carlos Cremata (EICTV), Hilo directo (1988) de Frank Rodríguez (EICTV), Sonata para Arcadio (1989) de Fernando Timossi (EICTV), Piensa en mí (1989) de Alejandro Gil (ECITV-FAR), Muy bien (1989) de Aarón Yelín (EICTV), La americana (1990) de Luis Orlando Deulofeu (EICTV-FAR), Querido y viejo amigo (1990) de Gloria Torres y Magda González —ambas del ICRT—, En la calzada de Jesús (1991) de Arturo Sotto (EICTV), Palomas (1991) de Niurka Pérez (EICTV-FAR), Reflexión (1992) de Ricardo Martínez (AHS) y Memoria (1992) de Rosaida Irizar (ECITV-FAR), son algunos ejemplos de los títulos documentales más significativos en estas muestras iniciales.
Una nueva figura que despunta en el documental cubano, a finales de esta década e inicios de la década de los noventa, es Jorge Luis Sánchez, realizador proveniente del Taller de Cine de la Asociación Hermanos Saíz, quien con sus cortometrajes Un pedazo de mí (1989) y El Fanguito (1990) parece centrarse en los conflictos de algunos personajes de nuestro entorno que viven y se comportan de forma diferente al resto de la sociedad; estos documentales han recibido amplios reconocimientos nacionales e internacionales. En cuanto a las realizadoras surgidas a principios del último decenio del siglo XX, una de las más galardonadas ha sido Niurka Pérez, quien formando parte en sus comienzos de ECITV-FAR, logró romper cierto estigma ortodoxo de la temática patriótico-militar al cual muchos consideraban que estaba únicamente limitada la producción de esta institución. Luis O. Deulofeu, a comienzos de los noventa logra producir también dentro de estos Estudios dos obras muy relevantes: Equilibrio (1992) —sobre los planes agrícolas para el autoconsumo dentro de las FAR— y Forever (1993) —acerca de la aparición de la bicicleta como parte del paisaje y el hogar cubanos—, que demuestran un gran sentido audiovisual muy imaginativo.
Los telecentros creados en cada una de las provincias van sumándose también en el futuro a esta corriente de novedosos talentos audiovisuales. Tele-Pinar consigue en un inicio estar a la vanguardia, al alcanzar ya en la Tercera Muestra de Cine Joven un premio en video con Juanito (1990) de Ramón Rodríguez. Algunos estudiantes extranjeros de la EICTV de San Antonio de los Baños, como el brasilero Wolney Oliveira —con El invasor marciano: 36 años después (1988) y Sabor a mí (1992)— y el español Benito Zambrano —hoy consagrado realizador de su país—, con Los que se quedaron (1993), logran incluso galardones a nivel internacional, en festivales de cine de España, Brasil y Argentina respectivamente. Otros títulos destacados realizados en la EICTV son Barrio Belén (1988) de la peruana Marité Vargas, Rincón de San Lázaro (1991) del nicaragüense Leonel López, y Un héroe se hace a patadas (1995) del colombiano Andrés Burgos.
La grave crisis económica que comienza a atravesar el país a principios de la década de los noventa, causada por el derrumbe del campo socialista y la desintegración de la URSS, obliga a restringir la producción de nuestros documentales y a buscar nuevas alternativas de expresión artística a los realizadores. El Noticiero ICAIC Latinoamericano concluye su producción en julio de 1990, luego de treinta años ininterrumpidos, bajo la dirección de Santiago Álvarez. No obstante, dos de sus emisiones, Los albergados y Un día de Atarés, ambas de José Padrón, se erigen por encima del promedio y consiguen ese año alcanzar el premio especial del Jurado de documentales en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.
Los estudios cinematográficos del ICRT también recesan definitivamente al iniciarse los noventa. En sus cerca de tres décadas de existencia logró consolidar una buena cantidad de obras en celuloide y perfilar un apreciable número de realizadores. Entre lo más notable de la producción de documentales para este medio pueden citarse La sonrisa de la victoria (1970), de Sergio Núñez; Cuando pasa la muerte (1979), de Jorge Ramón González, merecedora de una Paloma de Oro en el Festival de Leipzig; Arcoiris de pueblos (1980), de Víctor Buttari y Ángel Castro; Las parrandas remedianas (1981) y Caturla (1984), de Senobio (Puri) Faget; Líbano, la guerra interminable (1982), de Diego Rodríguez Arche; 635 años de son (1978) y Nicolás (1984), de Teresa Ordoqui; Todo lo que se diga es poco (1983), de Santiago Prado; Jalapa, la frontera (1984), de Simón Escobar; Salvando flores (1984), de Félix Marcos Daniel; Esteban Salas (1984), de Andrés Torres; Vida nocturna (1983) y SOS Quelonios (1983), de Manuel Acosta Cao; La ciudad de las columnas (1984), de Norma Heras León; El desastre de Barcaiztegui (1984), de René David Osés; El orfebre (1986), de Lizette Vila; Cartas de un hombre (1986), de Jorge Aguirre, etcétera.
Ernesto Daranas (Realizador)

Las filmaciones en vídeo, las cintas en coproducciones y la prestación de servicios a cineastas extranjeros se presentan como diversas opciones para continuar en activo dentro de la industria cinematográfica nacional. En estas condiciones, a pesar de las limitaciones del Período Especial, el ICAIC logra producir algunos documentales interesantes en celuloide como Hasta la reina Isabel baila el danzón (1991), de Luis Felipe Bernaza; El rey de la selva (1991), de Enrique Colina; A mis cuatro abuelos (1991), de Aarón Yelín; El largo viaje de Rústico (1993), de Rolando Díaz; y Cuerdas de mi ciudad y El cine y yo, de Mayra Vilasís, ambos de 1995; mientras que en el formato de vídeo aparecen obras destacadas como La virgen del Cobre (1994), de Félix de la Nuez; Del otro lado del cristal (1995), de Guillermo Centeno, Marina Ochoa, Manuel Pérez y Mercedes Arce; El cine y la vida: Nelson Rodríguez y Humberto Solás (1995), de Manuel Iglesias, Y me gasto la vida (1997), de Jorge Luis Sánchez, así como Identidad (1999) y De mi alma, recuerdos (2002), de Lourdes de los Santos. Entre los cortometrajes documentales realizados en vídeo fuera del ICAIC, durante los años noventa, uno de los más relevantes posiblemente sea Herido de sombras (1994), de Jorge Dalton, —coproducido entre el Departamento de Vídeo y Televisión de la Universidad de Guadalajara, y el Taller de los Inundados de la televisión cubana, que integraron Camilo Hernández, Armando Llanes y el propio Dalton, responsable del desaparecido programa Memoria.
Desde mediados de los años, pero mayormente sobre todo en los 90, se crean casas productoras de vídeo para dar respuesta a la necesidad de la filmación de audiovisuales a un costo más bajo. Entre ellas las más conocidas son Mundo Latino, del PCC —que no solo circunscribe su producción a la esfera político-ideológica, sino que incluye otras temáticas como las del arte y el folklore [la serie Lucumí (1994) de cinco cortometrajes de Tato Quiñones, Wemilere (1994) de José Estrada o Sosabravo en dos dimensiones (1995) de Teresita Huerta, por ejemplo], la ciencia y la tecnología o la ecología y el medio ambiente—; Televisión Latina, de la Agencia Informativa Prensa Latina —que ha procurado trabajos valiosos como Fe (1989) de Cristina González, Miami-Habana (1992) de Estela Bravo y Mujeres diferentes (1997) de Niurka Pérez—; RTV Comercial, empresa del ICRT, —con obras concursantes en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano como Caballero de La Habana (1998) de Natasha Vázquez y Rigoberto Senarega, Del habano: historias y misterios (1999) de Teresita Gómez y Los sitios cubanos de Ernest Hemingway (1999) de Jorge Alonso Padilla—; Hurón Azul, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) —con títulos significativos como Gracias a la vida (1998) de Lizette Vila, Bajo la noche lunar (1998) de Lourdes Prieto, Soy como soy (1999) de Octavio Cortázar y Hombre de teatro (2000) de Jorge Aguirre—; y Producciones Trimagen S.A., surgida a partir de los antiguos Estudios Cinematográficos y de Televisión de las FAR que a finales de los ochenta se denominaron Estudios Granma, los cuales luego diversificaron su producción temática y recientemente se han transformado en una empresa de servicios —entre lo más sobresaliente de esta institución en la última década pueden citarse Del sueño a la poesía (1993) de Belkis Vega, Nube de otoño (1993) de Alejandro Gil y Zaida (1994) de Niurka Pérez.
Paralelamente comienza o se amplía la producción de materiales procedentes de otros telecentros del interior del país; de estos TV Camagüey y la Televisión Serrana parecen llevar la batuta, y más recientemente también CHTV. Del primer telecentro pueden citarse interesantes documentales como El viaje (1996) y La tejedora: su extensa realidad (2001), de Gustavo Pérez, y del segundo, Tocar la alegría (1996), de Marcos Bedoya; Video carta a Islas Baleares (1998) y La tierra conmovida (1999) de Daniel Diez; La chivichana (2000), de Waldo Ramírez; y Al compás del pilón (2002), de Carlos Y. Rodríguez. De CHTV es destacable la serie de jóvenes artistas plásticos realizada por Yuder Laffita. También en los últimos años estudiantes de la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual del Instituto Superior del Arte (ISA) han acometido trabajos documentales, entre los cuales sobresalen Y todavía el sueño (1998) y Los zapaticos me aprietan (1999) de Humberto Padrón, El gusto exquisito (2001) de Lluis D. Hereu Vilaró y Habanaceres (2001) de Luis Leonel León.
Instituciones culturales como el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau o CREART, entre muchas otras, así como entidades religiosas y otras asociaciones no gubernamentales —el Centro Martin Luther King Jr., la Oficina Católica Internacional del Cine y el Audiovisual de Cuba, el Grupo Promocional del Barrio Chino, por citar solo algunas— han conseguido también rodar documentales de su esfera de interés.
Algunos realizadores han acudido a productores extranjeros con sus proyectos y han logrado filmar en vídeo largometrajes documentales como Yo soy del son a la salsa (1996), de Rigoberto López, o en vídeo como ¡Van Van empezó la fiesta! (2000) de Aarón Vega en codirección con Liliana Mazure, los cuales se han exhibido durante el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, con notable acogida de público, crítica y jurados. Otra variante de producción es la de que incluso algunos documentalistas de instituciones oficiales han fundado sus propios grupos de video independientes, adscriptos al Movimiento Nacional de Vídeo, y, en ocasiones, éstos han realizado coproducciones con entidades estatales o casas productoras; casos que sirven de ejemplo son el de Marina Ochoa y Félix de la Nuez, quienes crearon el ya desaparecido grupo Trivisión, y filmaron junto al ICAIC y CINED, Blanco es mi pelo, negra es mi piel (1996), que fuera galardonado en Cinemafest´97, en San Juan, Puerto Rico, así como el de Gloria Rolando, fundadora del grupo de vídeo Imágenes del Caribe, realizadora, entre otras obras, de El alacrán (1999), producida por Televisión Latina con la colaboración técnica y artística de esta agrupación de vídeo.
La Primera Muestra Nacional del Audiovisual Joven —que se desarrolló entre finales de octubre y principios de noviembre del 2001— y la Segunda Muestra Nacional de Nuevos Realizadores —celebrada en febrero del 2003— ayudaron a divulgar más ampliamente varios nombres de los más noveles talentos en el género.
En el año 2001 en la Televisión Cubana se crea el Grupo de Creación de Documentales para dar continuidad a la producción de obras del género en este medio concebidas por realizadores experimentados, que ha aglutinado también a artistas procedentes de otras entidades e instituciones.
A comienzos del siglo XXI el documental cubano continúa su búsqueda creativa permanente intentando experimentar o innovar [La época, el encanto y fin de siglo (1999) de Juan Carlos Cremata, Las manos y el ángel: tributo a Emiliano Salvador (2002) de Esteban García Insausti, Documentos personales (2004) de Ismael Perdomo], abordando temas originales, inéditos o apenas explorados [Hasta que la muerte nos separe (2001) y Mírame mi amor (2002) de Marilyn Solaya; En vena (2002) de Terence Piard, Otoño (2001) de Patricia Pérez; Viviendo al límite (2004) de Belkis Vega], desarrollando asuntos conflictivos o polémicos [Frank Delgado, una nueva trova (2002) de Juan Carlos Travieso, De Moler (2004), de Alejandro Ramírez], aprovechando sabiamente el legado cinematográfico para homenajear a figuras cimeras de nuestra cultura [Luis Carbonell (después de tanto tiempo) (2001) de Ian Padrón] o profundizando en nuestras raíces artísticas [Los últimos gaiteros de La Habana (2004) de Ernesto Daranas y Natasha Vázquez]. Incluso el documental traspasa cada vez más las fronteras del cine de ficción o se apropia de las técnicas de puesta en escena de este último, como en la conmovedora Suite Habana (2003) de Fernando Pérez, donde ambos géneros se mezclan o confunden.
Dificultades y escollos no faltan para salir adelante en los tiempos que corren, pero este prestigioso género fílmico del cine cubano insiste en desempeñarse airoso frente a los retos y desafíos que le salen al paso.

Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC)

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Con Santiago Álvarez, cronista del Tercer Mundo. Por Luciano Castillo y Manuel M. Hadad

Luciano Castillo

En la ficha que redactamos con destino el Diccionario de realizadores del cine latinoamericano [1], fue particularmente difícil sintetizar, en el espacio exigido por los editores, la trayectoria de ese documentalista mayor que fuera Santiago Álvarez (1919-1998). Cronista del Tercer Mundo por antonomasia, Santiago confesó a Cahiers du cinema que no nació artista, sino que aprendió a serlo. Su vocación de adolescente fue la Medicina y la estudió dos años en la Universidad. A los 15 años fue aprendiz de cajista y linotipista; apasionado de la radio, dirigió una hora dominical en dos emisoras. Marchó a EE.UU. en busca de nuevos horizontes, donde realizó diversos trabajos. Allá estudió psicología e historia en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Al regresar a Cuba es uno de los fundadores de la Sociedad Cultural “Nuestro Tiempo” que agrupaba a jóvenes intelectuales de izquierda y realiza estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana. Miembro del Partido Socialista Popular, participó activamente en la lucha clandestina contra la tiranía batistiana. Integró el grupo fundador del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) en 1959, creó el Noticiero ICAIC Latinoamericano en 1960 al que imprimió un estilo particular innovador del periodismo cinematográfico y dirigió el Departamento de Cortometrajes en el período 1961-1967. Si Georges Sadoul lo calificó de “hombre fundamental en el que siempre destaca la fuerza de sus imágenes”, Derek Malcolm lo llama “el maestro de la moviola”. Según el venezolano Edmundo Aray: “desmesura la imaginación, y organiza la metáfora, el símil, las contraposiciones y las asociaciones simbólicas para que la vida no se escape y el mensaje adquiera eficacia ideológica”. Rigurosamente internacionalista, Santiago Álvarez ha recorrido con su cámara más de 90 países. Legó a la historia del cine documental clásicos como Now (1965) —conceptuado por algunos de precursor del actual videoclip—, Ciclón (1963), Hanoi, martes 13 (1967), L.B.J. (1968) y 79 primaveras (1969).

El cineasta brasileño Orlando Senna junto a Santiago Alvarez

No es reiterativo señalar que el rasgo estilístico predominante en la prolífica obra de Álvarez —que él llamo “documentalurgia”— es la mezcla extraordinariamente rítmica de las formas visuales y auditivas al apelar a todo lo que esté a su alcance (metraje documental histórico, fotos fijas, imágenes de ficción, animación, carteles) con cierta dosis de ironía y sátira para trasmitir su mensaje. Aunque apeló a elementos de ficción en su cortometraje El sueño del pongo (1970), su única incursión en el largometraje argumental, Los refugiados de la Cueva del Muerto (1983), quedó muy por debajo de las expectativas. En un balance de su filmografía es indudable que sus primeros cortometrajes prevalecen por méritos propios sobre las obras posteriores de mayor duración. Ante el descenso de la producción documental en el cine cubano, el casi octogenario cineasta, en su infatigable defensa del Cine urgente, incursionó en el vídeo como alternativa. Santiago Álvarez insistió en que “el cine documental no es un género menor, como se cree, sino una actitud ante la vida, ante la injusticia, ante la belleza y la mejor forma de promover los intereses del Tercer Mundo”.
Esta entrevista fue concedida por el cineasta en Santiago de Cuba como parte de una tesis universitaria sobre su obra.
Cronista del Tercer Mundo llamó Edmundo Aray a la compilación bibliográfica que realizó de su quehacer cinematográfico, ¿qué opina sobre esta definición?
Es un poco amplia, seguramente Edmundo Aray al preparar el libro sobre mi obra y advertir que he recorrido durante 30 años los lugares donde la historia contemporánea ha sido muy fuerte y muy dramática, pensó en lo del Tercer Mundo.
Yo he estado en Vietnam, Kampuchea, Laos, Mozambique, en Angola, Etiopía, en varios países de América Latina como son México, Uruguay, Argentina, Chile; todos excepto Haití. Los he visitado, realizado documentales en todos ellos y es posible que esto conforme una idea del trabajo de uno como cronista de los países del Tercer Mundo.
Fotograma del documental 79 primaveras

En su amplia filmografía usted cuenta con una considerable cantidad de clásicos pero, ¿existe algún título que sea el que prefiera?
Es difícil responder porque cada circunstancia ha tenido sus emociones, sus características; circunscribirse a uno o dos momentos se me dificulta aunque, por ejemplo, Hanoi, martes 13 a mí me gusta mucho por razones obvias. Primero porque fui protagonista del primer bombardeo a Hanoi por parte de los agresores yanquis, y segundo, porque el pueblo vietnamita, el conocimiento que he tenido de ese pueblo, las 15 veces que he estado allí —antes, durante y después de la guerra—, me ha imbuido de un amor y una pasión por Vietnam, por lo que ha significado durante siglos, que ha tenido que estar luchando contra todo tipo de imperialismo: el feudalismo chino, contra al colonialismo francés y por último contra el imperialismo norteamericano.
De cierta manera, como he trabajado bastante —he realizado más de una docena de documentales sobre ese país—, es posible que me atraiga sentimentalmente ese trabajo continuo allí; aparte de las características muy especiales que tiene su pueblo, que con sus manos, pies y modo de luchar contra el enemigo, venció al más grande de los imperialismos de todas las épocas, al más sofisticado de todos los imperialismos. Un pueblo pobre, semidesnudo, sin zapatos, sin las botas militares con las que evitaban los soldados norteamericanos que le picaran las serpientes venenosas, sin el agua potable que tomaban los soldados yanquis; llenos de malaria, de parásitos, hambrientos, lucharon sin descanso contra el agresor de todos los tiempos. Por ellos siento un especial cariño. El trabajo que he realizado en esos lugares penetró muy adentro en mis sentimientos.
Existen tres elementos básicos en su cine documental: la edición, la música y la gráfica. Sin embargo, Rebeca Chávez, que fuera asistente suya, lo califica como “el misterio de la intuición”. Cuando planifica un documental, ¿realmente surge como un fruto de la intuición?
Si la intuición tiene que ver con la magia y el misterio, es probable que sea verdad. Sin embargo, me parece que no es realmente lo más correcto decir que el trabajo mío es intuitivo solamente. Si yo no hubiera tenido la experiencia que tuve en mi vida, si no hubiera estado en los EE.UU., si no hubiera trabajado de lavaplatos en Nueva York, si no hubiera sido minero, si no hubiera realizado todo el trabajo anterior a cuando empecé a hacer cine, si no tuviera la experiencia de un joven rebelde ante la injusticia de su tiempo, si no hubiera trabajado en una hora de radio juvenil cuando tenía 14 y 15 años, porque tenía una vocación política, si no hubiera tenido todo este background, creo que la intuición no daría resultado.
Puede que sí, que haya algo desde un punto de vista “misterioso” de lo intuitivo, pero es que si lo intuitivo no va ligado a una realidad que uno ha vivido, la experiencia que ha tenido durante esa realidad, no se hubiera convertido en algo intuitivo.
Luego, pongo en duda la concepción de intuición en relación con el trabajo, porque por muy intuitivo que uno sea, si tú no tienes una base cultural, una experiencia de la realidad que viviste, no creo que lo intuitivo saldría a flote. Hay quien cree que se nace sabio, pero nadie nace sabiéndolo todo; sino que a través del tiempo se educa, aprende, obtiene experiencias de la vida, recibe esa experiencia, la reelabora mentalmente, sentimentalmente; entonces sale lo intuitivo. Una vez explicado por mí qué estimo como intuitivo, si es lo que se comprende por el trabajo que he realizado en 30 años como cineasta, bueno, aceptemos entonces que es intuitivo.
Una de las etapas importantes en su formación fue aquella en que trabajó vinculado a la música en una emisora radial. ¿Le ayudó a dominar el ritmo en cuanto a la música?
Sí, es un elemento en mi vida, una parte fundamental. Por eso es que digo que lo intuitivo lo pongo en duda. Si no hubiera trabajado en el Departamento de archivos musicales de la emisora CMQ en la época en que lo hice, clasificando la música que se compraba para los programas radiales y de televisión, si no me hubiera entrenado en clasificar el sentimiento musical para ser usado después, no me habría dado cuenta de la capacidad de poder musicalizar algo con un sentimiento musical. Debido a que trabajé años allí, es posible que haya desarrollado una especie de temperamento musical, que aprendiera a utilizar la música para determinados momentos de una operación estética.
El hecho de haber estado en CMQ me facilitó ese entrenamiento, ese desarrollo del “oído musical”. Siempre me ha gustado la música. He guardado los discos que me regalan; a mi esposa también le gusta la música y me ayuda mucho en eso de la clasificación para futuros momentos musicales que pueda utilizar.
Por eso insisto en que lo intuitivo es muy relativo porque sin ese entrenamiento, con mucha intuición, a lo mejor no hubiera logrado desarrollar ese “oído musical” para emplear la música en determinadas secuencias de un documental o de un noticiero.
Fotograma del documental Hanoi Martes 13

En el proceso de la creación existen dos formas en que usted ha asumido el documental: unas veces ha sucedido lo que en el caso de Mi hermano Fidel, que fue un documental accidental, surgido como fruto de la entrevista realizada a Fidel Castro para el largometraje La guerra necesaria...
Un subproducto.
Sí, un subproducto magistral, pero, ¿existen documentales en los que usted ha elaborado el guión antes de filmarlos, o verdaderamente ha filmado y después reelaborado?
Yo jamás escribo guiones. Esta confesión a toda voz puede extrañar a muchos compañeros, no realizo los guiones convencionales con los que muchos colegas trabajan o los obligan a trabajar.
El guión de mis documentales está en mi cerebro y en mis sentimientos. Es como si yo fuera una computadora humana y tuviera un background de experiencias de la vida y entonces, de vez en cuando, apriete una tecla y produzca determinado hecho cinematográfico, o me remita a un pasado que me sirva de guión en el tiempo para poder realizar un trabajo determinado.
Por ejemplo, Now es un documental que no nació por intuición ni por el arte misterioso de un creador. Nace porque previamente tenía la experiencia vivida en los EE.UU., lo que vi con mis propios ojos sobre la discriminación racial. En un momento determinado en que las circunstancias se tornaron propicias para hablar contra la discriminación, tuve ese hecho del pasado, almacenado en mi cerebro, y entonces lo utilicé para realizar Now.
Escuché la canción Now porque un líder negro, llamado Robert Williams, de visita en Cuba me regaló un disco. Visitaba su casa, era su amigo, y un buen día me puso un disco y dijo: “Mira a ver qué te parece esto”; y era la música de Haba Nagila. Le pregunté: “¿Tú me lo prestas?; ¿me lo regalas?”. Y me lo regaló. Entonces, de oírlo varias veces se me ocurrió realizar un documental exactamente con el tiempo que tiene esa canción.
Lógicamente, yo había pasado ya por una experiencia sobre lo que era la discriminación racial en los EE.UU. y cuando escuché la música de Now, empecé a retrotraer de mi archivo musical lo que habría de ser después el documental. No existió un guión sino todo un pasado que se impresionó en mi retina y en mis células cerebrales y cuando fui a poner en práctica el rechazo a esa situación política de discriminación racial, surgió la experiencia que tuve en un momento determinado, y pude realizar mi película.
El guión está en la propia canción, es decir, vas siguiendo la canción y escribes el guión, eso es en el caso de este documental.
En el caso de otros sobre Vietnam, ¿qué guión yo iba a hacer? No sabía lo que iba a pasar. Cuando llegamos, la guerra estaba caminando, y estaban a punto de empezar los bombardeos. Las noticias eran terribles sobre la agresión tremenda del imperio yanqui. Decidí ir a ese país para ser solidario con su pueblo, aunque no teníamos suficiente equipamiento; fuimos con una cámara de 16 milímetros de cuerda y con un popurrí de varios tipos de películas: inglesas, norteamericanas, italianas, que nos habían regalado las delegaciones que constantemente visitaban a Cuba al principio de la Revolución.
Con esas películas en blanco y negro, en 16 mm, de diferentes nacionalidades, con cámaras que cuando tú le das cuerda nada más que dura tres minutos la secuencia que estás filmando, entonces, tienes que volver a poner otro rollito, sin grabadoras, sin luces; yo llevaba una batería que me habían prestado los soviéticos cuando pasamos por Moscú; una batería que parecía un tanque, pesaba como diablo. Le llamaba palangana, y eso es lo que parecía: una palangana para iluminar. Ese fue el equipo que nosotros llevamos a Vietnam.
¿Qué guión iba a hacer yo? Al día siguiente de haber llegado, empezaron los bombardeos a Hanoi. Teníamos noticias de que en cualquier momento los norteamericanos iban a bombardear ciudades abiertas como la capital. De acuerdo con las leyes internacionales, no puede bombardearse una ciudad abierta; una ciudad no tiene propósito de invadir a alguien, ni guarda equipamientos militares. Sin embargo, así sucedió.
Ahora, no sabía qué iba a suceder en el momento que estábamos allí. No sabía cómo iba a realizar el trabajo. El primer día que llegamos, empecé a buscar los lugares donde intuía que posiblemente podían empezar los bombardeos, como, por ejemplo, el puente sobre el Río Rojo; yo dije: “este puente seguro va a ser un blanco para ser bombardeado”; bueno, esa intuición de creer que iba a ser bombardeado; empecé a tomar notas de los lugares en que íbamos a filmar en el caso del inminente bombardeo a Hanoi. No existía ningún guión.
Sucedió el bombardeo, y de todo lo que filmamos indistintamente empezamos a ver, a buscar detalles adicionales para poder completar el hecho del bombardeo. Es en el cuarto de montaje, una vez que ya uno ve todos los rushes, los cuelga en el perchero, los analiza, que empieza a hacer un “guión”, un posible guión de cómo va a montar la película.
Además, en tanto no me surge la idea de un título de un documental, no puedo empezar a montarlo, tengo que tener el título pensado ya para, a partir de él, empezar a estructurar un documental cualquiera; porque el título para mí viene a ser como una célula donde se encuentran todos los hechos hereditarios que me van a servir de elementos para conformar la idea después titulada guión; es decir, uno debe llevar cualquier hecho que quiera filmar, como un diario: señalar lo que tú creas que es más importante en ese día. Ese diario lo conviertes después en una especie de cartilla o de guión, dentro del cuarto de montaje. Hasta tanto tú no tienes todo el material revelado, tienes los rushes, el título, inclusive ya estás pensando en la música. En resumen: yo edito y no hago como otros compañeros que hasta que no terminan de editar no le ponen la música, sino que voy simultáneamente preparando la música. En realidad, no existe un guión convencional.
Es más, creo que el documental, igual que un noticiero, es “toma uno”. El documental se parece mucho al trabajo del noticiero, es “toma uno” también. Esto te evita tener que usar un guión, porque lo vas preparando en la medida que vas filmando cosas, hechos que te van a servir después para unirlos en el montaje, poner una imagen tras otra, empiezas a utilizar el lenguaje típico del cine que es el montaje.
Usted nos ha revelado algo muy interesante respecto a los títulos. Uno revisa su filmografía, y los títulos son muy ilustrativos del contenido del documental, por ejemplo, Abril de Vietnam en el Año del Gato, La estampida, y El cielo fue tomado por asalto, que son títulos muy precisos, exactos.
Abril de Vietnam en el Año del Gato: ahí está la estructura del propio documental.
Fotograma del documental Now

¿Sabe que se le considera precursor del videoclip por Now?
Sí, y creo que es correcto, porque en el año 1965 no existía el video y realicé un documental en el tiempo exacto que dura una canción, ilustrada con imágenes.
Y el ritmo que tiene es el ritmo de un videoclip contemporáneo.
Con más significado.
El Noticiero ICAIC Latinoamericano se mantuvo muchos años en las pantallas de los cines cubanos. ¿Cuál es el futuro del Noticiero?
El Noticiero se paralizó en el mes de julio de 1990 debido a la escasez de materia prima, de película virgen. Después del desmoronamiento de los países socialistas, nuestros proveedores, tuvimos que adoptar medidas con el material que teníamos almacenado para que nos alcanzara hasta cierto tiempo, para no quedarnos sin noticieros en las pantallas; entonces, ideamos realizar una revista mensual en vez de los típicos noticieros semanales, con un perfil de variaciones que no tenían esos noticieros, aunque algunas veces también estaban compuestos por varias noticias[2].
Algo que llama la atención en su obra es el uso excepcional de la entrevista como recurso, que contrasta con el cine documental contemporáneo, no solamente cubano, donde existe un abuso de las entrevistas y poca elaboración cinematográfica.
La mayor parte de mis documentales no tienen entrevistas ni tampoco narración; siempre trato de evitarlas. Cuando no me queda más remedio, las utilizo, como por ejemplo, en La guerra necesaria. Es otro estilo donde uso la narración, el locutor, pero deliberadamente, la mayor parte del trabajo que he realizado es sin narración oral. Y es la música, son las letras de las canciones las que utilizo como elemento narrativo del documental. El cine en estado puro, realmente.
Estoy muy imbuido de lo que es el montaje del cine, es decir, desde el punto de vista político, desde el punto de vista musical. La política y la música tienen una relación muy estrecha para mí. Las violaciones de un mundo como el que vivimos tienen particularidades muy musicales. El mundo es muy musical, inclusive, no sé si los cosmonautas habrán grabado los sonidos del cosmos, pero sería muy interesante conocer cómo son esos sonidos, cómo son los ruidos emitidos por los satélites lo mismo que uno va en un avión hoy en día y escucha su ruido, la hélice, cómo arranca, cómo aterriza, con las características muy especiales del sonido, sería muy interesante tener grabada esa atmósfera sonora del espacio cósmico para realizar un nuevo sonido especial.
¿Existe algún documental que haya pensado realizar sin lograrlo?
Sí, tengo sinopsis de proyectos, bastante largas, casi como si fueran guiones; por ejemplo, les voy a dar un título: Un elefante en la pista, una historia sobre los aviones Britannia de Cubana de Aviación. Y tengo otro proyecto escrito acerca de Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. La sinopsis que conservo de ese material tiene 30 páginas con una forma de guión más o menos.
¿Tiene algún otro proyecto inmediato, que filmará?
Pienso empezar a trabajar en video. Para este, mi primer trabajo tengo la idea de hacerlo sobre los Juegos Panamericanos, pero con una idea muy especial; el título ya lo tengo, se va a llamar Los perdedores [3].
Resulta curioso un documental sobre el deporte con ese título.
Siempre se filma a los que ganan, pero el público no sabe lo que pasa cuando alguien pierde, cuando no gana. Es un ángulo diferente que, además, contempla la idea que ha tenido siempre Cuba, en el deporte, de que el problema no está en ganar, sino en competir.
Como muchos grandes cineastas usted tiene un equipo más bien fijo de colaboradores.
No precisamente, pero he trabajado mucho con Iván Nápoles. Los camarógrafos con quienes mayor afinidad he tenido también son: Dervis Pastor Espinosa, Arturo Agramonte, Raúl Pérez Ureta y Roberto Fernández, por solo mencionar algunos.
Hace algún tiempo declaró que tenía un proyecto de ciencia ficción.
Sí, su título es El hombre del año cuarenta mil. Uno tiene proyectos, pero la vida lo hace dedicarse a otras cosas. A lo mejor en cualquier momento lo empiezo, lo que ocurre es que la ciencia ficción necesita muchos recursos. Aunque se pueden realizar películas de ese género con elementos sencillos, pero generalmente se necesitan muchos efectos especiales. Aunque el video podría ser una posibilidad.
Al cabo de más de tres décadas del surgimiento de la llamada escuela documental cubana, ¿qué reflexión usted pudiera hacer?
Me he convertido en un cineasta docente, estoy impartiendo cursos en universidades extranjeras. Me gusta enseñar; satisface transmitir los conocimientos que uno tiene. Trabajo en esa línea ahora, aparte de los posibles documentales que pueda realizar.
La producción del ICAIC es la mayor de todo el continente latinoamericano y del Tercer Mundo. En tres décadas producimos casi mil quinientos noticieros, pero mejor voy a hablarles de porcentajes. De toda la producción del ICAIC, el 50% ha correspondido a los noticieros; el 36% han sido documentales; el 7% cine de ficción y los dibujos animados representan el 8%.
Ningún país de América Latina ni del Tercer Mundo ha tenido esa producción fílmica tan variada y de tal cantidad porque en otros momentos Argentina, que acostumbraba producir unas 40 películas de ficción, solo ha producido unas pocas este año; Brasil, que era otro de los países que también tenía una producción fílmica elevada, ya no tiene producción fílmica ninguna porque cerraron Embrafilme, la mayor productora con que contaban; México es el único que produce más de 90 películas de ficción, pero en su conjunto no son demasiado buenas.
Estas cifras, que parecen sencillas, dicen mucho del trabajo emprendido por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos desde su creación en 1959, porque el cine se inventó a finales del siglo pasado; sin embargo, en América Latina y en el Tercer Mundo no existen instituciones de cine. Las pantallas presentan exclusivamente cine norteamericano, salvo cada vez más contadas excepciones, y con las películas norteamericanas va toda su ideología.
El cine ha tenido y sigue teniendo una gran importancia ideológica de la cual la gente no acaba de darse cuenta.

NOTAS:
[1]. Ediciones El Jilguero, Buenos Aires, 1997.
[2]. La primera edición del Noticiero ICAIC Latinoamericano, realizado por Santiago Álvarez, se exhibió el 6 de junio de 1960. Con el No. 1490, exhibido a partir del 19 de julio de 1990, concluyó la producción de este eficaz medio comunicativo editado semanal e ininterrumpidamente durante tres décadas. Después se produjeron 14 revistas alternativas.
[3]. El título definitivo de este documental sería ¿Perdedores? (1991). Con posterioridad, Santiago Álvarez realizó los siguientes documentales en formato de video: Ave, Bahía (1993), Del Caribe colombiano, Motivaciones, Cartagena, segunda independencia y Cubanos en Barranquilla, todos en 1994; El muro (1995), Labiofam, un pasado que pervive (1996); Concierto mayor, Concierto por la vida y La isla de la música, realizados en 1997. Este último título cerraría su filmografía.

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martes 11 de agosto de 2009

Santiago Álvarez. Por Juan Antonio García Borrero.

Para la historiografía clásica cubana, los años sesenta del siglo veinte simbolizan el período de máximo esplendor del cine cubano. Los historiadores, más atentos a lo que este cine representó en el imaginario común de un mundo por entonces decidido a encarar rupturas radicales, que a lo que las imágenes mismas estaban proponiendo, suelen hablar de ese decenio como “la década prodigiosa del cine cubano”.
En esencia, creo que es cierto; sin embargo, una relectura aguda de lo producido en esa etapa, probablemente arroje resultados contradictorios, aunque a mi juicio, menos fascinados con las leyendas del momento: en realidad, desde el punto de vista cuantitativo y también cualitativo, los sesenta significaron para el cine cubano una fecha de aprendizaje, de mucha experimentación y abundantes (y lógicos) fracasos en la ficción, y de hecho, es solo en las postrimerías que se consigue la madurez. En todo caso, “lo prodigioso” de este primer período lo aportó el aspecto documental de esa producción, indiscutiblemente encabezada por Santiago Álvarez, y cuya influencia igual podía advertirse en lo mejor de ese cine de ficción que por entonces se estaba consiguiendo.
Santiago Álvarez fue otros de esos rebeldes sin pausa que, en los sesenta, se empeñaron en cambiar el mundo. Su caso sigue resultando excepcional, incluso cuando se mira el hecho de que comenzara su carrera cinematográfica a los cuarenta años. Había nacido en el callejón de Espada número 8, altos, La Habana, el 8 de marzo de 1919. Su padre era asturiano y su madre de Salamanca. A las catorce intentó aprender el oficio de cajista y de linotipista en una imprenta, y a los diecinueve marchó a Estados Unidos donde, según sus propias palabras, fue “minero, fregador de platos, corrector de pruebas, pulidor de metales y por último –antes de que intentaran reclutarme para su ejército-, vendedor de ropa interior de mujeres. Regresé en 1941”.
A diferencia de los otros grandes fundadores del nuevo cine cubano (Tomás Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa), Santiago Álvarez no mostraba antecedente alguno en el orden fílmico una vez que triunfa la revolución de 1959 y se crea el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Su vínculo con la creación artística hay que rastrearlo en la década del cincuenta, con su ingreso a la emisora CMQ, y sobre sus inicios él mismo ha recordado:


“Tengo cuarenta años cuando triunfa Fidel y comienzo a hacer cine. Me sorprendo a mí mismo cuando hago el noticiero dedicado a Benny Moré cuando él muere. Ahí veo por primera vez el traslado de mis sentimientos al cine. Veo el lenguaje del cine sirviendo para expresarme. Veo mi emotividad reflejada.”
Los dos primeros documentales de Santiago Álvarez que aparecen en su filmografía fueron codirigidos: “Escambray” (1961), junto a Jorge Fraga, y “Muerte al invasor” (1961), al lado de Tomás Gutiérrez Alea. En el primero se habla de la lucha desatada entre revolucionarios y grupos de alzados que intentaban derrocar el nuevo poder; en el segundo, se aborda la fracasada invasión a Cuba por Playa Girón, a partir de lo filmado por Tomás Gutiérrez Alea y los camarógrafos Julio Simoneau y Pablo Martínez en el propio lugar. En este sentido, el noticiero sobre Benny Moré a que se refiere ocupa en verdad un tercer lugar en su filmografía. A pesar de que el mismo incluye imágenes de Fidel en una exaltada alocución en la sala del cine Chaplin (La Habana), a propósito de una reunión del Partido Unido de la Revolución Socialista, así como abundantes planos de Ernesto Che Guevara en un corte de caña, y del entonces presidente Dr. Osvaldo Dorticós en uno de sus discursos, es ciertamente el último segmento, dedicado a registrar el impacto de la muerte de Benny Moré el que sigue prendido en la memoria.
Vale advertir que el Noticiero ICAIC había surgido con un objetivo claramente político, al intentar contrarrestar las crónicas que informativos como “El Nacional” o “El Noticiero América” emitían con un tono no exactamente pro-revolucionario; sin embargo, si bien en un inicio se pronuncia por una estructura convencional (mensajes de actualidades comentadas en off), muy pronto pone en evidencia el deseo de experimentar con las imágenes, y concederle a las noticias una textura capaz de garantizar la perdurabilidad más allá de la exactitud del hecho.
Tal vez sea eso lo que pasa con esos pocos minutos dedicados a Benny Moré: se suceden los planos del cantante en plena actividad, e intercalados, los rostros desconcertados, adoloridos, de quienes todavía no comprenden que la muerte les haya podido arrebatar la presencia física de quien se adivinaba en la cúspide la de la inspiración, y como denominador común, la voz del mito, resaltando las emociones. Santiago Álvarez ha dicho sobre ese instante creativo:

“Conocí a Benny en CMQ. Había que hacer una guardia semanal como chequeador de estudios. Benny llegó con unos tragos. No lo reporté. Se supo y uno de los Mestre me llamó, yo lo negué pero me amonestó. Benny se enteró y un día nos encontramos en el bar de Radiocentro y nos hicimos amigos. Nos veíamos poco. Cuando muere hago ese noticiero. Uso la música, su música, con una intención narrativa y de montaje que nunca antes había hecho. Fijo resortes de lenguaje, descubro valores de la banda sonora, me doy cuenta que no sólo la imagen es importante, empiezo a combinar, a montar, para lograr asociaciones. Recibí algunas críticas en ese momento, pero sentía que había algo nuevo, diferente. Es un noticierón de punto de giro para mí, y lo hice con una gran pasión, con emoción.”
Quizás de manera involuntaria, Santiago Álvarez estaba desafiando con su manera de hacer el noticiero en aquel instante, uno de los problemas teóricos que todavía hoy, siguen dando que hablar, y que pudiéramos resumir en esta interrogante: ¿puede el documentalista darse el lujo de lo emotivo?, ¿no es acaso la frialdad de la razón, a contrapelo de los desbordes de la emoción, lo que garantiza esa áurea de objetividad que acompaña al documental desde sus inicios?, ¿no ha de ser el documental paradigma de verosimilitud, modelo de una exposición donde la realidad aparezca sin los afeites típicos en el cine de ficción?. Aquel noticiero estaba revelando la especial sensibilidad de Santiago, desarrollada a plenitud en “Ciclón” (1963), ese documental que colocara a la cinematografía cubana en el mapa del cine mundial, al obtener una docena de premios internacionales.
“Ciclón” pudo haber sido uno de los tantos reportajes realizados en torno a una de las peores catástrofes que ha azotado al país (el paso del huracán Flora en octubre de 1963, hostigando las zonas orientales). No obstante filmarse indistintamente por camarógrafos del ICAIC, del Noticiero de la Televisión y los Estudios de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, la cinta es dueña de una uniformidad de tono que a ratos roza lo pesadillezco, muy en congruencia con el incidente que se intenta retratar.
Santiago parece proponernos un dilema de ribetes éticos, pues en casos cómo estos, ¿es válido que la cámara asuma el rol de un voyeur fílmico de la desgracia humana?. Sin embargo, Ciclón está bien lejos de compartir las intenciones de esos reality show que en la actualidad abundan en tanta televisión adolescente; su mirada se centra en un aspecto de la tragedia humana, pero no es el morbo nacido de la observación distante e insensible del espectador la que determina la eticidad última, sino en todo caso, el compromiso personal de quien se sabe parte de la afectación. El uso inicial de la voz en off del locutor describiendo los logros colectivos del país, y la exposición de esas imágenes pre-ciclón preparan de manera muy inteligente la atmósfera de tragicidad que se irá viviendo in crescendo, y en este sentido es que puede hablarse de Santiago como el artista (no el mero periodista), capaz de descubrir esos hilos íntimos que movilizan al espectador de cualquier parte del mundo ante la grave realidad que se ofrece.
Debe haber sido con “Ciclón” que en Santiago Álvarez comenzó a ganar conciencia la certidumbre de que en un documental no bastan los testimonios (por impactantes que sean) para obtener la relevancia. A partir de entonces, su cine fue todo un alarde de imaginación, una búsqueda sorprendente de soluciones propiamente cinematográficas, que se apartaron de manera premeditada de esa pretensión literaria con que muchas veces el documental intentó ganar estatura ante cierta zona de los críticos: consciente de ello, supo prescindir del sonido a la hora de filmar (“Ciclón”;” Cerro Pelado”/ 1966; “Hanoi Martes 13”/ 1967), o utilizó material gráfico que ya existía para armarnos nuevas y auténticas historias (“L. B. J.”/ 1968). Su fuerte fue el mestizaje de técnicas, el rechazo a la primacía de esa falsa solemnidad con que algunas películas del momento intentaban recubrir la denuncia anti-imperialista. La sátira se convirtió entonces en su más efectivo modo de expresión, mientras la edición adquiría el estatus de más valor dentro de todo el proceso creativo.

“Now” (1965) acaso sea la consagración de ese estilo raigalmente cinematográfico, donde la importancia del montaje adquiere visos descomunales. Apelando a la fotoanimación, al collage de imágenes de archivos y a una banda sonora conformada por la versión al inglés que Lena Horne hace de la canción israelí “Hava Nagila”, Santiago Álvarez logra construir uno de los alegatos antirracistas más intensos que se recuerdan en el cine latinoamericano de la época; el principal valor que aún le veo a una obra como “Now” (para muchos, una anticipación del actual video-clip) está en la envidiable economía de recursos de la que hace gala su director, pero economía no solo en el plano de costos de producción, sino de recursos propiamente lingüísticos en el ámbito fílmico.
No recuerdo otro documental en el cine cubano que desborde tanta sensualidad a la hora de saborear la posible llegada de una utopía como la que anuncia el filme, y que de alguna manera algo ingenua, pregona el propio texto en inglés: la anulación del racismo. Han existido otros documentales sobre el mismo asunto, incluso cabría hasta decir que igual de hermosos, mas Santiago Álvarez parece aún insuperable en su maestría a la hora de prescindir del tono moralizante de un locutor, o la búsqueda de personajes que enfatizaran con sus palabras lo que la imagen ya estaba sugiriendo en sí misma.
Mientras que otros documentalistas de la época se pronunciaban por el abuso del cine encuesta, o la filmación fría en los lugares donde acontecen los hechos, muy dentro de la tradición impuesta por Flaherty y compañía, Santiago Álvarez termina depurando ese estilo que alguna vez llamara “documentalurgia”, y en el que cada vez se hace más precisa su capacidad para hacer del montaje (visual, pero sobre todo sonoro) el vehículo a través del cual transmitir su mensaje. “Hanoi, Martes 13” (1967), “L.B.J.” (1968) y “79 primaveras” (1969) devienen paradigmáticas de ese método de representación; son aún obras impresionantes porque en ellas uno advierte que vibra el compromiso de un hombre (no de un frío relator de supuestas verdades) empeñado en hacer valer su punto de vista, de allí que sea posible detectar ironías, deslumbramientos, dolores, alegrías, resentimientos, esperanzas, amores, y todo ese largo cúmulo de pasiones que nos va conformando como seres humanos en la vida, aunque luego nos veamos obligados a mostrar en público un solo perfil de nuestra personalidad.
Quizás sea ese desenfado el que más se extraña en la segunda mitad de la obra de Santiago Álvarez, donde lamentablemente hay una mayor querencia de “objetividad”, y un exceso de didactismo que sus primeras obras habían sabido eludir con muchísima suerte. Sus documentales posteriores hablaron de las visitas de Fidel por países de África, Europa Socialista, zonas liberadas de Viet Nam y Moscú (“Y el cielo fue tomado por asalto”/ 1973; “Los cuatro puentes”/ 1974, “El octubre de todos”/ 1977; “Y la noche se hizo arcoiris”/ 1978, “El sol no se puede tapar con un dedo”/ 1976), y también de las luchas de liberación en países como Mozambique (“Maputo Meridiano Novo”/ 1976) y Angola (“Luanda ya no es de San Pablo”/ 1976).
Santiago Álvarez seguía consciente del rol movilizador que aún podía jugar el cine en un contexto como el del Tercer Mundo, pero ya no se empeñaba en ser solo cronista de lo que estaba pasando, sino también de alguna manera, ser un cronista de lo que a su juicio estaba fatalmente condenado a suceder. Una suerte de profeta fílmico. Y esto le hizo perder en no pocas ocasiones el sentido de la síntesis, la sutileza, pero sobre todo, de la novedad. Su cine se hizo más retórico, si por este hemos de entender, más predecible. Otros han visto en la desmedida voluntad celebrativa, que apenas repara en los matices, la principal limitación del documental tardío de Santiago Álvarez. Esa es una opinión, pero no un argumento, pues la primera parte de su obra jamás escapó del compromiso incondicional con la Revolución, y sus valores estéticos siguen perdurando.

Ahora, ¿cómo leer hoy una documentalística que en los tiempos actuales pudiera parecer anacrónica y hasta irreal, al apoyarse sobre todo en el poder sugestionador de una utopía cuya consagración parecía, por primera vez, al alcance de las manos del hombre?. Supongo que serán los realizadores cubanos de las nuevas generaciones (esas que creo que todavía no han nacido, y que estarán libres de cualquier prejuicio extra-artístico) los que estén en mejores condiciones de evaluar el tremendo legado de Santiago Álvarez.
Allí permanece su raro sentido para hacer de lo aparentemente nimio algo descomunal, y por si ello fuera poco, allí están esas imágenes de nosotros mismos, esas imágenes invisibles que en el fragor de la vida diaria jamás se consigue captar en su esencia. No hablo ya solamente de la imagen del cubano, sino del Hombre-todo que ha vivido este segmento de la Historia. Hace poco descubrí esta bellísima reflexión de Patricio Guzmán: “un país, una región, una ciudad, que no tiene cine documental, es como una familia sin álbum de fotografías”. Es una sentencia que me ha hechizado porque, de manera involuntaria, me ayudó a entender de un tirón la naturaleza y origen de mi gratitud como cubano, ante la obra de un artista como Santiago Álvarez.

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MB para La nueva escuela. Por Ambrosio Fornet

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Nunca me imaginé que con una cámara en mano se pudiera filmar al futuro. De ahí mi asombro al ver La nueva escuela, esa película de Jorge Fraga sobre las secundarias en el campo. Si tuviera que clasificarla la llamaría un documental de anticipación. Hace 90 años Martí dijo que había que desatar en nuestros campos “una campaña de ternura y de ciencia. Creo que en el plano artístico La nueva escuela forma parte de esa campaña, que empezó en 1961 con la Alfabetización.
2
La Escuela Nueva es un viejo sueño revolucionario. Lo soñaron Marx y Martí. Marx entrevió “el germen de la educación del porvenir” en un experimento que combinaba el estudio y el trabajo realizado en Inglaterra hacia 1865. A su juicio, esa combinación permitiría no solo “intensificar la producción social” sino también “producir hombres plenamente desarrollados”. Lo explicaba así: “En el acto mismo de la producción no sólo se modifican las condiciones objetivas..., sino que se modifican también los productores, por cuanto éstos extraen nuevas cualidades de si mismos, se desarrollan a sí mismos en la producción y se transforman, creando nuevas fuerzas y representaciones, nuevos modos de relación, nuevas exigencias y un nuevo lenguaje”.
Como hombre de nuestra América, Martí concibió la Escuela Nueva en oposición a los centros de enseñanza clericales y puramente literarios. Por eso puso el énfasis en el contenido de la educación, en la necesidad de convertir en científica la enseñanza escolástica. “En nuestros países –escribió en 1883-, ha de hacerse una revolución radical en la educación... Contra teología, física; contra retórica, mecánica; contra preceptos de lógica, preceptos agrícolas”. Concibió el hombre nuevo como resultado de la educación científica y natural”, es decir, como un hombre capaz de dominar teórica y prácticamente la naturaleza. Detrás de cada escuela debía hacer “un taller agrícola, a la lluvia y al sol, donde cada estudiante sembrase su árbol”; sólo así se obtendría “el pleno y equilibrado ejercicio del hombre, de manera que sea como en sí mismo puede ser, y no como los demás ya fueron”. En estas ideas basó Martínez Estrada su concepto de “cultura de intemperie” en contraposición a la cultura de salón y gabinete propia de la sociedad de clases.
La Revolución halló en Marx y Martí el fundamento teórico de la nueva pedagogía, y con las secundarias en el campo empezó a realizar ese viejo sueño revolucionario.
Jorge Fraga
3
Hay un famoso personaje de Moliére que se queda perplejo al saber lo que es la prosa, pues se da cuenta de que ha estado hablando en prosa toda la vida sin saberlo. Algunos personajes de La nueva escuela pudieran pasarles algo semejante. Son muchachos de 13 y 14 años que al contar sus experiencias escolares y analizar el cambio que se ha operado en ellos, razonan como verdaderos marxistas sin haber leído a Marx. Es el casi, por ejemplo, de la trigueñita que nunca había cogido en sus manos una guataca, o de la rubita que explica la diferencia que hay entre comer naranjas y comerse las naranjas que uno mismo ha cultivado.
Cuando trato de explicarme en qué consiste el encanto de esta película me vienen a la mente esas imágenes. Es su frescura, me digo, su espontaneidad. Pero sé perfectamente que el arte es artificio, una secreta operación de escoger y reordenar, y comprendo que para que la vida fluyera espontáneamente en la pantalla tenía que haber detrás de la cámara un ojo dispuesto a atrapar una y otra vez ese momento privilegiado. Quizás aquí también se plantee –como algo inherente a la labor artística- una cuestión “de ternura y de ciencia”. Lo cierto es que aquí la cámara no congela los gestos; por el contrario, se tiene la impresión de que los personajes se transforman de una imagen a otra, es decir, se descubren a sí mismos ante la mirada escrutadora de la cámara. Esta debe ser la clave de la frescura y de la espontaneidad: que todo parece estar sujeto al ritmo de la vida, de modo que aunque responda a un plan meticuloso se nos presenta siempre bajo la apariencia de lo inesperado.
Obsérvese, por ejemplo, a esa muchacha que en la clase de ciencia mira plácidamente al ratón y un segundo después se ve arrastrada a un verdadero conflicto dramático; o en otro nivel, a los jóvenes compositores que tratan de hacer un himno escolar hacen –o creen haber hecho- una canción protesta; o a ese niño que por primera vez se enfrenta, estupefacto, al misterio de la corbata.
En ocasiones, es método mismo con que se aborda una cuestión provoca esta dialéctica emocional de las imágenes... Así, por ejemplo, al indagar la disposición de los muchachos para hacerse maestros. La película recoge algunas respuestas negativas, pero en lugar de oponerles otras afirmativas –NO más SÏ daría cero, desde el punto de vista dramático- las enfrenta al caso concreto de una joven que, súbitamente, al verse reflejada en sus alumnos, descubre ante la misma cámara el sentido último de su profesión. Es quizás la escena más hermosa de la película, uno de esos raros momentos en que cada silencio y cada gesto vale por miles de palabras.
La visita de Fidel a la escuela es una fiesta para los espectadores precisamente porque con ella parece culminar es espíritu juvenil y dinámico que brota del ambiente y atraviesa toda la película, como una alegría contagiosa. De pronto, Fidel se convierte en un muchacho más cuando reclama a gritas un fao en el partido de voleibol –por fin no queda claro si la bola picó dentro o fuera de la raya-, o cuando desafía al campeón local de ping-pong o agita a sus compañeros de equipo en el juego de baloncesto.
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Aunque La nueva escuela es un documental –un espléndido documental informativo que explica el por qué y el cómo de las nuevas escuelas-, su interés no estriba tanto en lo que dice como en lo que sugiere. Es, en realidad, la crónica de algo que crece, que está siendo, una historia inconclusa que el espectador debe continuar por su cuenta. En cierta forma las nuevas escuelas son el esbozote una nueva sociedad, un microcosmos donde se prefiguran los rasgos dominantes de la sociedad comunista. Fraga capta esos rasgos –todavía en embrión, evasivos e imprecisos- y los entrega al espectador para que intente armar con ellos lo que pudiéramos llamar la fisonomía probable del futuro. Consciente de que dirige a un público revolucionario -es decir, a un público de constructores- Fraga lo invita a participar en su imaginación en esa ineludible tarea colectiva.
La nueva escuela da piezas de distintos colores y tamaños para armar el conjunto. ¿Cuáles escogerá y qué hará con ellas cada espectador? La visión aérea de los majestuosos edificios que se extienden como puntas relanza sobre la vasta soledad de las llanuras negra y rojizas pudiera abrirse a una visión más compleja, la de un mundo donde hayan comenzado a borrarse las brutales diferencias entre la ciudad y el campo. La sesión de crítica y autocrítica, la tensa expectativa ante los resultados de la emulación, las opiniones de los muchachos sobre el trabajo manual, intelectual y doméstico son otras piezas posibles, que encajarían en la armazón de una nueva ética, permeada de colectivismo y sentido de la responsabilidad individual. La encuesta sobre el nuevo uniforma, dirigida personalmente por Fidel, es una pieza clave que remite a la necesaria participación de todos en las decisiones que atañen a todos, y al instinto siempre renovado de las masas de combinar la funcionalidad con la belleza.


El futuro está contenido en esas y otras imágenes como la fruta en la semilla. Quizá, dentro de su radiante belleza y su contagioso dinamismo, La nueva escuela sea un mensaje cifrado de la nueva a la vieja generación, de los hijos a los padres, para decirles que... En fin, algo que atañe a todos, y que cada uno –y sobre todo cada revolucionario- tiene el deber de descifrar.

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jueves 6 de agosto de 2009

El cartel cubano de cine en serigrafía. Por Reinaldo Morales Campos

En Cuba el temprano empleo de la serigrafía artística en carteles para anunciar películas con sublimes representaciones pictóricas, contrastadas texturas y formulaciones visuales seductoras lo inició, en 1943, el artista de la plástica y pintor Eladio Rivadulla Martínez; este hecho sin antecedentes en el país ocurrió cuando se hizo necesario sustituir la propaganda impresa, de poca aceptación por el público cubano, que traían los filmes mexicanos y argentinos para informar de sus presentaciones en las salas de cine.
Carteles de distribuidoras privadas
Indistintamente, en la década del cincuenta, también se realizaron esas reproducciones por los Studio Cilleros y Machado y el Studio Almela; pero no obtuvieron éxitos y desde 1957, quedó solamente Eladio Rivadulla Martínez. En esos carteles, en cumplimiento de encargos de los propietarios de las 66 distribuidoras de películas que existieron hasta finales de ese decenio; con formatos de 71 X 91 centímetros, sus espacios visuales eran cubiertos con los títulos, principales protagonistas e imágenes de escenas trascendentales de los filmes y para lograr una mayor venta de las entradas, mostraban representaciones pictóricas femeninas eróticas y semidesnudos.
Después del triunfo de la Revolución Cubana, el 1 de enero de 1959, para promover un cine que expresara su condición de arte y carácter educativo fue creado, el 24 de marzo, el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC); primera institución cultural constituida por el Gobierno Revolucionario y aunque en su fase de estructuración logró firmar para el 26 de julio de ese año su primer documental, titulado Sexto Aniversario; con el desfile de campesinos en la Plaza Cívica, actual Plaza de la Revolución; Eladio Rivadulla Martínez continuó diseñando y reproduciendo carteles para anunciar películas, encargados por dueños de distribuidoras privadas de filmes como: películas Europeas S.A., United Artistas, Columbia Pictures, Cuba-México, Distribuidora Fénix S.A. y Organización Rank que actuaron hasta finales del año 1960.
Y aunque en aquel momento, con sus evidentes interés lucrativos, también ejercieron sus influencias carteles de películas producidos en otros talleres de serigrafías particulares, como los de: Abelardo, Barrios y Castell; los más demandados por su belleza y brillantez fueron los de Rivadulla; quien también diseñó y reprodujo los encargados por Pelicuba, distribuidora de películas perteneciente al Partido Socialista Popular (PSP), que creada en 1959 y hasta su fusión al ICAIC a mediado de 1961, se ocupó de la exhibición de los filmes procedentes de la Unión Soviética y los demás países socialistas.
Los carteles de cine del ICAIC
En un contexto de presumible invasión militar de Estados Unidos a Cuba y de Estado de Alerta Combativa a toda la Nación, que se extendió hasta el 20 de enero de 1961; el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), con el cartel para el estreno mundial, el 30 de diciembre de 1960, del primer largometraje de ficción cubano: Historias de la Revolución, inició la edición de los carteles del nuevo cine cubano. En ese primer cartel, impreso en offset y con un lenguaje susurrante, se rompieron los patrones estereotipados y mercantilistas, su diseñó lo aportó Eduardo Muñoz Bachs quien para la formulación de su mensaje, utilizó una foto de una de las escenas del filme; tomada desde el interior del tren blindado que simbolizaba la Batalla de Santa Clara. Entre quienes en el ICAIC propiciaron su continuo empleo estuvieron: Alfredo Guevara, Director fundador de esa institución cultural, Héctor García Mesa, primer Director de la Cinemateca de Cuba y Mario Rodríguez Alemán, crítico de cine y Jefe de la Oficina de Información.
En el diseño y reproducción de los primeros carteles en serigrafía participaron Eduardo Muñoz Bachs, Rafael Morante Boyerizo y Eladio Rivadulla Martínez. Para el 6 de febrero Rafael Morante Boyerizo embozó el de la conmemoración del Primer Aniversario de la Cinemateca de Cuba, en el que con una formulación sintetizadas a dos colores introdujo por primera vez la representación de Chaplin; devenida en figura símbolo más recurrente del cartel del cine cubano. Seguidamente en los creados por Eduardo Muñoz Bachs para los filmes cubanos: Cuba Baila y Realengo 18, estrenados el 8 y 21 de abril respectivamente, predominaron el uso de la línea, con preferencia a la ilustración en lo formal y colores de pocas intensidades sobre fondo blanco.
Eladio Rivadulla Martínez aunque en los primeros momentos colaboró con diseños de carteles para el ICAIC —como el realizado para la presentación en el mes de marzo de 1961 del filme soviético El Músico Ciego; en el que con una reducida configuración de colores logró una acertada expresión poética de significada sensibilidad humana—su mayor aporte, estuvo asociada a su reproducción en serigrafía. El mismo recibía los bocetos y ampliaba al formato real del cartel las imágenes y los textos, realizaba su calado, corte manual con cuchilla por cada color y para su reproducción establecía el orden de impresión de las tintas según las coloraciones determinadas.
En los posteriores aportes sucedidos, en 1961, por Eduardo Muñoz Bachs y Rafael Morante Boyerizo, se formularon los principales rasgos gráficos que caracterizaron al nuevo cartel de cine. Ambos artistas con sus técnicas y estilos propios iniciaron una fase de experimentación de búsqueda de símbolos y de elementos gráficos que le permitieron obtener una acertada configuración entre imagen y el texto, que sin el empleo de efectos melodramáticos propiciaron, representaciones pictóricas, que junto al titulo, brindaron la inmediata identificación con la trama principal del filme que se le presentaba al público.
Eladio Rivadulla con su apasionada entrega permitió dar continuidad al tradicional quehacer del cartel en serigrafía, en los que no obstante la presencia de los colores planos; sin medio tonos y las restricciones al uso de la tipografía, le infirió cualidades que lo diferenciaron de otros de temáticas culturales, en tal empeño cuando por consecuencia de las primeras medidas del bloqueo económico de los Estados Unidos, como la dictada el 30 de octubre de 1960, que prohibía las exportaciones a Cuba, comenzaron a escasear solventes y pinturas, adecuó tintas comerciales de colores y la aprovechó para imprimir en serigrafía. Igualmente cuando comenzó a escasear el papel bond blanco; utilizó papel de envolver regalos en las tiendas y cuando estos también se agotaron, acudió al empleo de periódicos viejos, solicitado en el archivo del periódico El Mundo, lo cual fue aceptado por la dirección del diario siempre que en la parte sin imprimir no aparecieran las noticias de las personas fallecidas.
Continuamente, en ese periodo de instauración del poder revolucionario, el ICAIC que desde el 6 de junio de 1960 había iniciado la realización de sus noticieros semanales; que trabajaba en la filmación de nuevos largometrajes, dibujos animados y cortos propagandísticos de orientación social, ante el incremento de las exhibiciones de películas nacionales y de otros países, para satisfacer la demanda de sus carteles, integró a su plantilla a los diseñadores Olivio Martínez Viera y Horbein López Martínez; quien se ocupó del explane de la revista Cine Cubano. Indistintamente participaron: Silvio Gayton, Raimundo García, Luís Vega de Castro, Aldo Amador, Antonio Fernández Reboiro, Alfredo Rostgaard González, José Lucci y Manuel Custilla. Igualmente brindaron sus aportes Julio Eloy Mesa y Raúl Oliva; que trabajaban como escenográfos y René Azcuy que se ocupaba de los diseños para los anuncios de prensa, en los cuales se plasmaron conmovedores contrates del color negro sobre la superficie blanca del papel, que enriquecieron el contenido de las paginas culturales de periódicos y revistas.
Con el aporte del emblemático pintor René Portocarrero de una obra pictórica para el cartel del filme Soy Cuba; coproducción cubana-soviética, estrenada el 30 de julio de 1964, en el que estuvieron presentes su estilo con predominios del barroco y sus imaginarias mujeres delineadas por flores en las que enlaza color y fantasía se inició la contribución de los artistas de las artes plásticas a la gráfica cinematográfica. Desde un primer momento por el carácter social de los temas abordados en los filmes cubanos y los seleccionados procedentes de otros países, para su exhibición en las diversas salas cinematográficas, los afiches del ICAIC empleados para anunciar los títulos y el argumento principal de los mismos: además de ser portadores de expresiones artísticas culturales también lo fueron en sobrentendidos aspectos de contenido ideológico. Ejemplos: Historias de la Revolución, Realengo 18, Cuba Baila, Muerte al Invasor y Alba de Cuba, en las cuales se reflejaron momentos de la obra de la Revolución Cubana.
En la progresiva aceptación del cartel de cine que en los primeros años tuvo como principal espacio para establecer su comunicación social en: paredes de los vestíbulos, en atriles ubicados al lado de la puerta principal y fachadas exteriores de las salas de cine del país, para entonces se contó con la motivación de Juanita Marcos; Directora de Publicidad, quien se ocupó de insertar muestras de los ejemplares impresos en anuncios de prensa de periódicos y revistas, así como la de Saul Yelin, Director del Departamento de Relaciones Internacionales; quien envió impresos a los concursos de carteles que se convocaban durante los festivales internacionales de cines, iniciativa que permitió al cartel de Antonio Fernández Reboiro, para el filme japonés Harakiri, obtener el Primer Premio en un concurso organizado en 1964 en Sri Lanka; primer reconocimiento internacional a la gráfica cubana.
A partir de 1965; periodo en que el ICAIC, poseía más de 30 diseñadores y artistas plásticos que colaboraban en la edición de sus carteles, que los creativos que formaron parte de su plantilla aportaron no menos de 6 bocetos cada mes, en sus diseños se adjudicaron las influencias de la vanguardia artística del periodo; como el arte pop, mostradas por: Raúl Martínez González; en el del filme cubano Lucia, en el creado por Antonio Fernández Reboiro; para Juego de Masacres, en la de matizada configuración de ingenuidad expuesta por Eduardo Muñoz Bahs en el de: Por Primera Vez y la de alusión metaforizada formulada por Alfredo Rostgaard para el de la presentación de la cinta documental ICAIC. Décimo Aniversario; igualmente estuvieron los realizados por Antonio Fernández Reboiro bajo el influjo del art nouveau, en el del filme Carmen la de Ronda y el art deco, en el de la película Moby Dick.
Tales predominios pictóricos se conjugaron con los caracterizados por sus síntesis comunicativas, de hasta el sólo empleo del color negro sobre el blanco de la supeficie del papel, como el de René Azcuy para el filme Marilyn Monroe; así como las creaciones de Antonio Pérez “ÑIKO”; que con sus efectivas alucinaciones, figuraciones, efectos ópticos y cinéticos, en armonía con las configuraciones de las influencias de la vanguardia pictórica, confluyeron en la multiplicidad de colores derivadas de las atribuciones psicodélicas de moda en Europa y los preponderancias de las expresiones gráficas polaca, japonesa y norteamericana.
Durante esa segunda mitad de la década del sesenta, periodo de consolidación del poder revolucionario y de los ideales socialistas, de sistemáticas expresiones solidarias de los cubanos con otros pueblos y de floreciente empeño cultural; el cartel del ICAIC además de advertir la exhibición de significativos filmes cubanos, de las cinematografías soviética y demás países socialista, las que denunciaban la opresión racial y el no respeto de los derechos civiles en Estados Unidos; así como de directores japoneses, españoles, italianos y franceses, en los que se reflejaban el modo de vida occidental, también se emplearon los portadores de acciones gráficas comunicativas de significadas connotación ideológica, como los realizados para saludar la realización en La Habana, en enero de de 1966, de la Primera Conferencia de Solidaridad Tricontinental; con los pueblos de África, Asia y América Latina.
En las expresiones de solidaridad formuladas en carteles del ICAIC, se distinguieron la de los filmes titulados: Hanoi. Martes 13, La Guerra Olvidada y Madina Boe con mensajes que interpretaron el contenido temático de esa trilogía de documentales, realizados por una sección fílmica que se instituyó conjuntamente con la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL) y en la cual colaboraron los profesionales, asociados al quehacer cinematográfico: Iván Nápoles, Dervis Pastor Espinosa, Argelio Pérez; José Martínez, Jorge Pucheaux, Pepin Rodríguez, Adalberto Hernández, Idalberto Gálvez, Gloria Arguelles, Norma Torrado, Carlos Fernández, Arturo Valdés, Julio Capote y Enrique Pineda Barnet; con música de: Leo Brouwer, Luigi Nono y Roberto Valdés.
Igualmente formaron parte de las diversos mensajes los insertados en el plan nacional por la conmemoración en la provincia de Santa Clara del XV Aniversario del Asalto al Cuartel Moncada y los de la campaña gráfica comunicativa por los Cien Años de Lucha, tales realizaciones se hicieron efectivas cuando ya el ICAIC, disponía desde 1967 de su propio taller de serigrafía donde se lograron tiradas de carteles que alcanzaron 200 copias para los de presentación de los animados, 500 para filmes extranjeros y 1000 para cortos y largometrajes cubanos; con reproducciones que alcanzaron hasta 30 colores.
En ese momento de confluencia de la vanguardia pictórica y de diversidad temática, el cartel del ICAIC, además de su ubicación en vestíbulos y entrada de los cines para comunicar el título y el argumento de un filme, amplió sus influencias en exteriores y comenzaron a mostrarse en soportes metálicos, similar a una sombrilla o paraguas, que fueron ubicadas en principales arterias viales de la capital y prolongaron su atribuida función en interiores de oficinas y hogares.
Trascendencia internacional
En la postrimería de la década del sesenta, el cartel cubano se situó a la par de las restantes manifestaciones de la plástica: la pintura, dibujos y grabados. En ese momento de esplendor de la gráfica cubana, el cartel de cine con sus continuadas influencias del art nouveau, art deco, pop y el sicodelismo, intensas coloraciones, esplendorosa textura y dramatizadas composiciones del blanco y el negro, comenzaron a ser conocidos en el mundo como los Afiches del ICAIC y con su proverbial luminosidad emergieron como una de las vertientes de la cartelistica cubana, con la configuración de elementos visuales que lo hacen diferentes a los presentes en las restantes expresiones graficas culturales editados por: el Consejo Nacional de Cultura (CNC), Casa de las Américas (CA) y la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), que aunque poseían configuraciones especificas y comunes entre si; a su vez eran diferentes a la de la promoción cinematográfica.
Dos paradigmas de las singulares configuraciones presentes los afiches del ICAIC, se mostraron en los realizados por: René Azcuy, de sintetizada ilustración y reducida gama cromática para el del filme francés Besos Robados; y el de Antonio “ÑIKO” Pérez González; Si salgo llego, si llego…triunfo de enfatizada influencia de la llamada forma sicodélica, efectos ópticos y ondulantes; ambos han trascendido como obras emblemáticas de la cartelística cubana. Junto a esas importantes contribuciones también se sumaron las aportaciones para las películas: Pirosmani, de procedencia soviética; creado por Damián González, Waterloo, coproducción italo-soviética; diseñado por Jorge Dimas y para el documental cubano Versos Sencillos; con esbozo de Luis Vega.
Demandado internacionalmente, en los años setenta, por coleccionistas y entendidos en el campo de las artes visuales los afiches del ICAIC recibieron también los primeros lugares en diversos concursos, como el del Premio al Mérito obtenido en el Concurso Internacional de Carteles Filmexpo celebrado en Ottawa; Canadá (1972), Primer Premio en el Segundo Concurso Internacional de Carteles de Cine del XXVII Festival Internacional de Cines de Cannes (1974) y premios a las creaciones de Eduardo Muñoz Bachs, Antonio Fernández Reboiro, René Azcuy Cardenas y Antonio “ÑIKO” Pérez González; otorgados en la exposición Internacional de Carteles de Cine del Primer Festival Cinematográfico Internacional de París (1975).
Ese momento de ascenso comunicativo, de premiación y reconocimiento internacional del afiche del ICAIC, coincidió con el inicio de la campaña de propaganda por el proceso institucional del país y en el que en el cartel de temática política; junto a las expresiones gráficas sintetizadas estuvieron también los poseedores de descripciones pictóricas, las cuales se sucedieron con las nuevas versiones de intensas coloraciones, esplendorosa textura y dramatizada composiciones del blanco y el negro, que promovieron filmes, como: Asuntos del corazón de Julio Eloy, Tres mosqueteros de Eduardo Muñoz Bachs y Soy tímido… pero me defiendo; de Antonio Pérez González “ÑIKO”.
Sucesivamente la celebración, en diciembre de 1979, del Primer Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano motivó que dos años después se realizara el Primer Concurso Latinoamericano de Diseño de Carteles Cinematográficos donde Fernando Pimienta; obtuvo el Primer Premio, Eduardo Muñoz Bachs; el Segundo Premio y Orlando Chacon; el Tercer Premio. Igualmente el debut en 1979 en las pantallas de cines del largometraje del animado de Elpidio Valdés, creado por Juan Padrón, propició la creación de carteles, en los que al igual que sus filmes, lograron instituir su imagen de escenificada representación simbólica de la valentía, dignidad, amor a la patria, la tenacidad y el humor criollo, con acertada influencia en la formación patriótica de niños y jóvenes.
En la década del ochenta, momento en que se tornaron nuevas amenazas de invasión militar contra Cuba y que como consecuencia del bloqueo económico se acentuó la escasez de insumos para la industria gráfica, la que unidas a aspectos organizativos y burocráticos afectaron la calidad artística de los carteles de temática política; en el cartel de cine, se logró evadir tales insuficiencias y gracia a su fusión mantenida con la serigrafía conservó su calidad estética y la habitual ostentación.
Entre las aportaciones más significantes de los años ochenta se pueden evocar las que sucedieron de la creatividad de Eduardo Muñoz Bachs, quien con su peculiar sello de simplicidad, frescura e inocencia continuó obteniendo revelantes premios y conservó la identidad comunicativa de la cartelistica del ICAIC, dos de sus logros fueron: Cayita. Una leyenda y Niños desaparecidos. Igualmente se sucedieron significantes contribuciones de artistas de las artes plásticas como las de los pintores: Servando Cabrera Moreno para el filme cubano sobre la emancipación de una mujer: Retrato de Teresa; con una imagen femenina que mostró su influencia del dibujo con líneas quebrantadas matizadas por la combinación de los colores, Francisco Álvarez; con una de su obra para la cinta Habanera y Zaida del Río; para la presentación de Una Novia para David.
Preservación y vigencia de la gráfica
Tras los sorpresivos acontecimientos de la desaparición de la Comunidad Socialista en 1989 y posteriormente, en 1992, la desintegración de la Unión Soviética; donde Cuba realizaba el 85 por ciento de su intercambio comercial, se produjo una crisis económica en el país y se inició lo que ha sido denominado como Periodo Especial. En esa coyuntura se redujo el consumo del combustible en más de un cincuenta por ciento y desaparecieron prácticamente las fuentes externas de financiamiento el gobierno de Estados Unidos, para recrudecer el bloqueo y exterminar a la Revolución, aplicó en 1992 la Ley Torricelli.
Ante la nueva situación se redujeron las posibilidades de adquirir filmes en otros países y continuar la realización de los nacionales, e igualmente se agudizó la escasez de los insumos para la impresión en serigrafía y sólo se editaron determinados afiches para promover algunos de los realizados en coproducíón con fílmicas de otros países. Simultáneamente se produjo un éxodo de diseñadores que tradicionalmente habían realizado diseños para carteles de cine y de otras temáticas, algunos marcharon a vivir o trabajar al exterior, otros se dedicaron a la pintura u otras actividades artísticas.
Para revitalizar el diseño gráfico de la propaganda cinematográfica el ICAIC propició la vinculación de jóvenes graduados de diseño gráfico, que mediante el empleo de la computación, del arte digitalizado introdujeron elementos visuales renovadores a los afiches de cine, entre los participantes estuvieron: Eduardo Marín, Reinerio Tamayo, Manuel Marcel, Ernesto Ferraz, Paris Volta, Irenaldo Fumero y Nelson Ponce; los cuales desempeñaron sus aportes junto a jóvenes y experimentados artistas de la plástica, ejemplos: Moises Finalés, Umberto Peña, Rafael Morante Boyerizo y Flora Fong; posibilitaron una identidad visual renovada a la grafica cinematográfica.
Entre los novedosos diseños tributados por los integrantes de la nueva gráfica vanguardia gráfica, para películas cubanas, se pueden citar: Talco para lo negro y Fresa y Chocolate; de Ernesto Ferrand y Vampiros en La Habana; por Nelson Ponce. Estas creaciones confluyeron junto a las creaciones de habituales diseñadores del ICAIC como las realizadas por Nestor Coll; para Confesión de Laura y Vida Paralela; de Rafael Morante. Igualmente estuvieron las representadas en un proyecto expositivo que auspició el Centro de Desarrollo Visuales, en La Habana: el de Alicia Leal para el filme Gemas y el Paris Volta e Irenaldo Fumero para el XIX Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de 1997, así como las de los pintores Carlos José Núñez; para Clandestinos y de Flora Fong; Miel para Oshun
El ICAIC, teniendo en cuenta su cotidiano empleó del cartel en serigrafía y los significados reconocimientos internacionalmente alcanzados, realizó en los años noventa la reedición de los impresos más distinguidos de sus primeros años de creación y simultáneamente en continuidad a diversos artículos publicados sobre sus cualidades artísticas por los periodistas o escritores: Alejandro G. Alonso, Adelaida de Juan, Marisol Trujillo, Reynaldo González, Alejo Carpentier, Graziella Pogolotti y Jorge R. Bermúdez; para contribuir a conservar su memoria histórica también fueron publicados los libros: La otra imagen del Cine Cubano; de Sara Vega y Alicia García y el Cartel Cubano de Cine, del crítico e investigador Jesús Vega, con valiosos testimonios de artistas vinculados a la labor gráfica del cine cubano.
Consecutivamente desde comienzo del nuevo milenio junto a los carteles para presentar los filmes exhibidos por el ICAIC, también han formado parte de la propaganda cinematográfica los empleados para la celebración de las convocatorias anuales de los festivales de cine pobre __en la actualidad “Festival Internacional del Cine Pobre de Humberto Solás” y los de la Muestra de Jóvenes Realizadores, que en la categorías de ficción y animación concluyó recientemente su octava edición. Eventos que cuentan al igual que el Festival Latinoamericano de Cine, con sus convocatorias a concursos y exposiciones de carteles, en los que convergen cine y gráfica.
Con agraciadas tonalidades, renovada codificación visual en los que convergieron el simbolismo gráfico, intensas coloraciones, textos integrados al dibujo, fotografía contrastada y otras de reducidas gamas cromáticas, las muestras de esos jóvenes creadores, muchos estudiantes de diseño o artes plásticas, en correspondencia con los títulos de las obras fílmicas que representan, muestran sus enfoques personales de los acontecimientos y hechos que repercuten en la sociedad. Entre los premiados se distingue el otorgado, el 8va Muestra de Jóvenes Realizadores, que diseño Pablo Monterrey para Malos en una ciudad mala.
Junto al patrimonio cinematográfico que a sus 50 años de creación ostenta el ICAIC hay que añadir el de poseer el legado testimonial de sus afiches, únicos en el mundo a los que se le han mantenido su tradicional reproducción en serigrafía y los que además de anunciar la presentación de un filme, han desempeñado una importante función comunicativa como medio de orientación social y de motivación para incentivar el interés por la apreciación de las manifestaciones artísticas reflejadas en sus grafías por diversa generaciones de diseñadores gráficos y pintores; que con sus diversidades de estilos han plasmado ilustraciones pictóricas surrealistas, efectos ópticos y cinéticos, la línea ondulantes del art noveau, tonalidades brillantes del art pop y las configuraciones decorativas del art deco.
Bibliografía
-Adelaida de Juan “Pintura cubana. Temas y variaciones” Ediciones Contemporánea. Editorial Unión UNEAC. La Habana, Cuba,1978
-Adelaida de Juan. Pintura y diseño gráfico de la Revolución. Departamento de Historia de Artes, Universidad de La Habana, Cuba, 1983
-Jesús Vega. El Cartel Cubano de Cine. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1996-
--(1999)- Marina Rodríguez Gonzáles, El Cartel Cubano Conversando con Rostgaard. Editora política, La Habana, Cuba.
-Jorge R. Bermúdez. La Imagen Constante. El Cartel Cubano de Siglo XX. Un Cartel para tres continentes. Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba. pp 173-187, 2000

Por los caminos del documental cubano. Por Jorge Luis Sánchez

Haber hecho documentales, haber trabajado en el ICAIC por unos cuantos años y haber estado dentro del grupo de personas que ha organizado eventos relacionados con el documental cubano me ha permitido hacerme una amplia idea sobre él. Estas ideas están agrupadas en una serie de escritos en los cuales he estado trabajando, ahora ya en su fase final, y que me han llevado a la conclusión de que realmente existe una escuela cubana del documental, aunque yo no le llamo escuela, sino movimiento cubano de cine documental.
Más que dar conclusiones, quiero compartir las ideas que me han llevado a esta definición. Esto pretende romper con aquellos que han tratado de situar en determinado ciclo la grandeza de ese movimiento, que no se reduce a Now, ni a la obra de Santiago Álvarez. Para mí ese período arranca desde que en Cuba llega el cine por el año 1897 hasta 1958. Se habla mucho de ese cine, antes de 1959, y de la creación del ICAIC. Se dice que ese cine —y cuando me refiero a cine hablo del documental— no existe, es decir, se han conservado algunas obras, pero es un cine que nació muerto. La producción documental de esa época es casi completamente publicitaria, comercial. No se puede encontrar ahí una línea estética, una problematización de la realidad o una potenciación de los recursos expresivos propiamente. Es una época donde el documental como hecho estético no interesaba, salvo por una excepción: el documental El Mégano realizado por Julio García Espinosa, junto a Tomás Gutiérrez Alea y José Massip. En mi opinión El Mégano es un documental de aficionados, pero lleva una semilla que todavía hoy nos está marcando y que está en un documental como Suite Habana. El Mégano es el primer intento, en el cine que se ha hecho en Cuba, de invisibilizar las fronteras entre ficción y documental. Ese es, en mi opinión, uno de los rasgos fundamentales del movimiento cubano de cine documental: borrar las fronteras entre los géneros, que tiene su representación fundamentalísima en la ficción Memorias del subdesarrollo, entre otras películas. Pero borrar fronteras, mezclar, transgredir con una visión humanista… lo hicieron por primera vez los realizadores de El Mégano, en especial Julio, que fue su director y guionista.


Tomás Gutiérrez Alea (Titón)
El Mégano
Triunfa la Revolución y se diseña el ICAIC. En este momento comienza a haber un despegue y comienzan a hacer un cine muy neorrealista —aunque el neorrealismo ya no era un movimiento tan fuerte como ellos lo conocieron—. Tan neorrealista que fue una especie de camisa de fuerza de la que después cuesta trabajo salirse. Uno siente que esos documentales de los 60 están acartonados en un empaque bastante rígido. Por supuesto, son documentales con el gran mérito de reflejar una realidad, la realidad de la Revolución y todas las transformaciones radicales que ocurrieron.
Hay un documental de Manolo Pérez que comienza a tener una mirada subjetivizadora de la realidad. Después aparece otro documental hecho por Titón, que se llama Asamblea General, donde ya se desembaraza poco a poco del neorrealismo y se apropia de otra mirada creada por los ingleses, o acuñada por los ingleses. Esta vez el mérito es traer hacia nosotros un documental donde por primera vez la cámara participa en la película. Es decir, la mirada de los realizadores se está revitalizando. Luego se hace otro documental, PM, que ha pasado a la posteridad con una carga de escepticismo, pero es importante, pues es un documental sobre lo que no era lo heroico en los años 60, porque lo heroico era Asamblea General, o lo que el momento histórico demandaba. Era el reflejo de un hecho concreto, de un discurso de Fidel en la Plaza de la Revolución, que es Asamblea General. PM era el reverso de aquello, esos que iban a la plaza quizá eran los mismos que estaban por la noche gozando en los bares de La Habana. Es una obra con escasos recursos donde hay un elemento renovador, insospechado, y es registrar la realidad desde el punto de vista de la fotografía con la menor cantidad de iluminación posible, eso es un elemento muy actual del estilo contemporáneo. En este corto tiempo, con obras no totalmente acabadas, están en cumplimiento varias corrientes que permitían al cineasta acercarse a la realidad de maneras distintas, había gente que también estaba aprendiendo, ya que solo Julio y Titón tenían una formación teórica como cineastas. Y aunque no son obras acabadas, importa mucho el riesgo, la manera en que nos aproximamos y nos lanzamos aunque no se llegue.

Julio García Espinosa

Hay otro elemento en este despegue que para mí fue un tranque. Empieza el ICAIC a hacer documentales en un departamento que se llamó Enciclopedia Popular. Se comenzaron a hacer como unas especies de reportajes sobre determinados temas —monotemáticos— pero donde empiezan a trabajar directores como Sara Gómez y Nicolás Guillén Landrián, empiezan a aprender el cine a bajo costo. Pero ahí empieza a imponerse una mirada hacia las zonas más populares de la cultura de este país, que le debe mucho a la cultura popular. Quiere decir que en el temprano 1962 hay muchos directores que están viendo la parte heroica de la Revolución, pero hay otro grupo que empiezan a fijarse en el tambor batá, algo que no estaba ni remotamente presente en aquel período en el ICAIC. De repente empieza a interesar no solamente el aspecto ético y las grandes manifestaciones, sino que empiezan a llegar determinados códigos de la cultura popular, las cuales ya no se podían reducir a cosas de negros o de gente de barrios marginales. Aunque todavía se siente un poco que siguen atrapados en las formas de hacer un cine pasado, se puede apreciar como el hombre anónimo empieza a adquirir otro significado.
Así fue hasta que Santiago Álvarez hizo un documental sencillamente inédito, sin antecedentes: Ciclón. También aparecen otros del director más díscolo que ha tenido el cine cubano, el más irreverente, Nicolás Guillén Landrián. Él había estudiado cosas de la nueva ola, de cinema veritè, había entendido un poco la manera de ver la realidad de Cartier Bresson, un fotógrafo francés. De repente filma en el barrio de Guanabacoa, pero pone a la gente como posando para la cámara, como si detuvieran el tiempo o congelaran la imagen. Aquí los trabajos empiezan a configurar un lenguaje más personal a partir de lo que les antecedió. De manera que ya estamos en el momento de impacto, no en la década prodigiosa, porque en toda la historia del cine cubano ha habido momentos prodigiosos.
Hubo un documental importante: Nosotros, la música, que en mi opinión arranca de esa cultura. Hay investigaciones que dicen que el cine cristaliza con Manuela en el año 1966, pero en Cuba es el documental el primero que anuncia lo que está por venir, algo con un corte bien particular, que empieza a dar en el blanco —luego de tanteos—, que desde el encuadre empieza a opinar sobre una realidad que ya no quiere objetivizar y que se aparta de lo glorioso y heroico. Había una efervescencia, auténtica de verdad, que quiso ser reflejada de una forma diferente por otros directores. Nicolasito encontró un elemento importantísimo, que fue obligar a los testimoniantes a mirar a la cámara. Él llevó este punto hasta las últimas consecuencias, sobre todo en una toma de una familia que está comiendo, pero detenida, como si fuera una foto, aunque la cámara se esté moviendo. Eso te pone a pensar, es de una polisemia devastadora. Ahora, ¿es más importante que Now sea el antecedente del videoclip cubano antes que las otras cosas que empieza a anunciar? Pienso que Now es más que un videoclip cubano. Todo este tiempo, que para mí termina en el 1973, fue de mucha locura y efervescencia. Y luego llega esta posmodernidad que no termina, donde todo vale, donde una maraca o un ciempiés son obras de arte. Muy diferente a cuando el documental era visto como un medio para entrenarse, para hacer buen cine.
Hanoi martes 13
Leí una vez que la propaganda debe servirse del arte. Estoy seguro de que para muchas personas Hanoi martes 13 y 79 Primaveras eran documentales de propaganda, pero no es así. No estamos frente a documentales de propaganda, estamos frente a verdaderas obras de arte, en los que se estaba experimentando con lo que se conoce, con lo que no se conoce y con lo que se está por conocer. Por último, quiero referirme a un documental que estoy seguro nadie recuerda que se llama El paciente, de Héctor Veitía. Es un documental sobre los hospitales rurales que empieza a hacer la Revolución. Más del 70 % de su tiempo se centra en una consulta médica, con una cámara que te parece oculta, pero después el mismo Veitía nos dijo que no es oculta, solo que la paciente se olvida de la cámara y comienza a contar su historia. Es un documental que puede ser devorado por los sociólogos, porque tiene que ver con la manera muy particular en que se vivió en este país. Este fue un período de meseta que coincide con la entrada del color y con que Nicolasito y Sara ya no hacen documentales. Es un período donde el documental se queda sin fuerza. Se hicieron buenos documentales, pero sin la bomba, sin la locura y sin el paroxismo de aquellos de los que les he hablado, entre muchos otros que no he mencionado.

Sara Gómez

Hay otro período que arranca en el 1983 hasta los 90 más o menos, donde tiene que ver la Escuela de San Antonio de los Baños como un elemento que oxigena. También el taller de cine de la AHS, donde empiezan a mirar determinados temas que el cine del ICAIC no miraba. Estábamos en un tramo donde de lo que hablé se vuelve a reutilizar, aparece la Televisión Serrana con un soplo nuevo, que después empieza a caer, —a morderse la cola—. Pero este período de reciclaje brota con un documental excelente que es Suite Habana y con una cierta reactualización del cine de Nicolás Landrián, que cuaja a su vez en un tremendo documental que se llama Existen, de Esteban Insausti.
Suite Habana
Para mí este movimiento, y esto puede ser lo más polémico, no ha terminado, todavía está aquí. Con etapas más tranquilas o más volcánicas pero todavía está aquí.
Fragmentos de la conferencia ofrecida como parte del ciclo Cine y Revolución, organizado por el Centro Juan Marinello y el ICAIC.

Ian Padrón: Hacer cine es mi vida. Por Paquita Armas Fonseca

Conozco a Ian Padrón desde que era un niño y lo veía con sus padres. He oído hablar de él muchas veces, generalmente alabando el talento que tiene para el mundo de las imágenes en movimiento. Vi su Después de tanto tiempo, ese sublime homenaje a Luis Carbonell, sus videos clip como Chapeando y, por supuesto, su polémico Fuera de liga como lo que es: un buen documental, que filmado desde diferentes aristas intenta ofrecer la verdad toda sobre el conjunto Industriales. Esa pieza fílmica tiene un héroe: el equipo azul, y mucha nostalgia por los que un día lo integraron y hoy ya no visten el uniforme. Espero, como su realizador, que a partir de ahora desande el camino natural para obras fílmicas y que su director pueda seguir entregándonos frutos de su talento y tesón a la hora de reflejar nuestra realidad.
Ian Padrón

—No siempre el hijo de gato caza ratón... ¿Por qué el mundo audiovisual? ¿No te satisfacía la historieta? ¿Qué piensas de ese género?
—A los diecisiete años decidí que iba a ser cineasta. Contar historias era mi motivación principal. En los dibujos animados y las historietas fue donde primero pude escribir pequeños guiones. Gracias a esos guiones pude optar para la carrera en el Instituto Superior de Arte (ISA) Una imagen que pudiera dar una magnitud de mi apego a los animados y las historietas es la siguiente: en mi casa, la decoración de las paredes es mayoritariamente de dibujos e historietas enmarcadas. Son parte primordial en mi formación y están junto a mí todos los días.
—¿Cuánto pesa en los hombros ser hijo de Juan y sobrino de Ernesto?
—Ser hijo de Juan Padrón y sobrino de Ernesto Padrón es un lujo y un reto al mismo tiempo. Ambos son para mí un ejemplo de profesionalidad y respeto al público infantil. Son historietistas y cineastas simultáneamente, lo cual es admirable a mis ojos. Pero el peso no lo siento por sus obras ya consagradas sino porque me han enseñado y exigido ser honesto; me han motivado a entender lo que es esencialmente cubano, y son mi ejemplo de que uno puede rozar el éxito en un momento determinado y no por ello tiene que “ponerse en pose”.
—¿Te place ser guionista? ¿Por qué?
—Contar historias es para mí lo más importante de ser cineasta. Y es lo más difícil también. Ahora trabajo con guionistas para mis proyectos futuros, pero antes los escribía sólo. Como es mi especialidad, la confrontación de la escritura es lo que más me apasiona de todo el proceso de creación.
—¿Qué te dejó el ISA? ¿Y Motos?
—El ISA y su facultad de Medios Audiovisuales fueron muy importantes en mi formación, aunque no fui el clásico estudiante aplicado. Pude conocer personas afines que aún después de diez años somos buenos amigos. El cortometraje Motos me constató que el cine de 35 mm es algo mágico y difícil. Pude trabajar con actores ahora muy reconocidos como Rigoberto Ferrera, Heron Vega, Liliana Pérez y Orlando Ferrera. Mi padre tuvo una actuación especial que cada vez que la veo no puedo evitar sonreír al verlo vestido de cantinero con tatuajes y gafas oscuras.
—Tu documental Después de tanto tiempo fue considerado por la Asociación Cubana de Críticos Cinematográficos como uno de los filmes más significativos realizados en Cuba en el año 2001. ¿Lo esperabas? ¿Por qué Luis Carbonell?
—-Luis Carbonell es una de las personalidades más relevantes e irrepetibles de la cultura cubana de todos los tiempos. También fue de las personas que se quedó en Cuba a pesar del irrespeto y la subvaloración que hubo hacia él en algún momento. Sólo traté de que los jóvenes cubanos lo conocieran y los no tan jóvenes se acordaran de no obviarlo más. Todos los reconocimientos de este documental no tienen otro protagonista que el propio Luis, que con más de ochenta años sigue trabajando para su nación y para su público. Creo que aún no se le ha reconocido en su justa magnitud. Ojalá este trabajo siga ayudando en ese empeño.
—Has realizado veinte video clips, ¿por qué ese género?
—Hacer un video clip sobresaliente es tan difícil como hacer un buen documental u otro tipo de audiovisual. Fue un reto que empezó con Moneda Dura en el 2000 y ha durado hasta el presente. Siempre que pueda, seguiré intentándolo en ese terreno.

—Preparas una antología sobre Los Van Van, ¿por qué?
—La antología Aquí el que baila gana es el proyecto más ambicioso que he podido realizar hasta el momento. Ya terminé la primera parte, que es un gran concierto filmado con mas de quince cámaras simultáneamente, y ahora estoy editando el documental de noventa minutos sobre la gira nacional del 2006 y que debe salir para este año 2008. Sobre Los Van Van se ha dicho mucho pero no se ha dicho todo.
—¿Eres industrialista? ¿Qué te llevó a Fuera de liga?
—Soy Azul. Mi motivación para hacer Fuera de liga fue destacar al béisbol cubano y lo que nos ha dado como nación. Fue mi intento por conocerlo por dentro, por tratar de mejorarlo, por homenajear a sus protagonistas. Conté la historia con aquella frase martiana como meta: “Con todos y para el bien de todos”. Estuve seis meses sin apartarme del equipo Industriales, filmara o no. Ahora voy más al estadio que al cine y tengo más amigos peloteros que cineastas.
—¿Esperabas que ese documental fuera tan polémico?
—De ninguna manera. Siempre he creído que el público cubano está preparado para confrontar cualquier obra y debatir sobre cualquier tema nacional. Aquellos que no confiaron en las verdades de Fuera de liga, retrasaron cinco años un debate en ese campo que creo impostergable, y me perjudicaron a mí como realizador. Ahora espero que se ponga en los cines cubanos y algún día en la televisión nacional. Intento mirar hacia delante sobre Fuera de liga, pero aún faltan pasos por dar para que tenga la vida natural de cualquier filme. De hecho, esta es la primera entrevista que un medio cubano me pide, al contrario de los más de cincuenta artículos de medios de prensa extranjeros.
—¿Cuál ha sido la reacción de los telespectadores luego de la exhibición de esa cinta?
—Como debes saber, este documental se presentó en el Canal Habana, que sólo se ve en nuestra capital. Tengo información que desde todas las provincias de Cuba se han recibido cientos de llamadas pidiendo que lo retransmitan por la televisión nacional o la red de salas de cine. Lo que me ha “alimentado” durante estos cinco años de “engavetamiento” de Fuera de liga es la reacción del público de toda la isla. He sentido el respeto de aficionados de todo el país sin importar el equipo de preferencia. En marzo se presentará en el Festival Santiago Álvarez en Santiago de Cuba y estoy seguro que será una experiencia interesante.


—Antes de que me lo reproches: mi equipo es el rojinegro... ¿Le harías un documental a Santiago de Cuba con tanta pasión como la que pusiste con los azules?
—No tengo nada que reprochar a los que no aman a Industriales. Si quiero que respeten mis gustos tengo que respetar los de los demás. Todos tenemos derecho a venerar lo que nos conmueva y nos motive. Santiago de Cuba es un gran equipo y tiene atletas que ojalá algún día jugaran en la capital. Soy un admirador de Mustelier, de Olivera y de Kindelán, aunque sean del equipo rival. No creo que me alcance la vida para hacer un documental a cada equipo, aunque me gustaría. Tampoco soy un cronista deportivo. Hay muchos realizadores que pudieran emprender proyectos con la misma pasión que usted me dice percibir en Fuera de liga.
—¿No ronda aún un largo de ficción en tu cabeza? ¿Planes?
—Tengo varios guiones en procesos distintos de terminación. Quisiera hacer mi primer largometraje lo antes posible, pero no veo mucha voluntad institucional de que eso suceda. No creo que sea nada personal. Quizás hay demasiados cineastas para pocos presupuestos. Aún así, anuncio que haré cine, con o sin el apoyo de las instituciones. Hacer cine es mi vida y solo la muerte me lo impediría. Lo demás se lo dejo a la Historia.

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miércoles 5 de agosto de 2009

Mi obsesión es expresarme. Por Vladimir Zamora Céspedes

"No se puede subestimar a ningún espectador. Uno se debe proponer un lenguaje vanguardista siempre que tenga algo que decir. Mucha gente esconde detrás del experimento la falta de talento". Entrevista con Esteban García Insausti, director del documental Las manos y el ángel.
Entre los ruidos auténticos de 12 y 23, acabado de salir del último ensayo del espectáculo de clausura, pude conversar en el Café Fresa y Chocolate con Esteban García Insausti, director del documental Las manos y el ángel, obra concursante que ha causado interés entre la mayoría de los asistentes al Festival.
No sé si tú sabes que yo vengo de la música. Estudié primero percusión en la Escuela Nacional de Arte y poco después decidí en vez de seguir el Instituto Superior de Arte (ISA) en mi instrumento, hacerlo en cine. En mi etapa de estudiante de música, en vez de pensar en acordes o armonías siempre pensaba en colores o en imágenes.
Un buen día a los 18 años me dio por probar con el cine, entré al ISA y descubrí que había un cineasta en mí. He tratado de conciliar el mundo de la música con el del cine. Las manos y el ángel que es el documental que está ahora en concurso en esta Muestra trata un poco de conciliar esas dos cosas: la deuda que yo tenía como estudiante, como músico y como cubano con Emiliano Salvador y a la vez tratar de mezclar ambas cosas. Yo a su vez produje un disco que tú conoces, Pianísimo, con inéditos de Salvador y después se hizo a Puerto Padre, que le hice la dirección de arte. Ya había filmado el documental, pero a ninguna institución le interesó, entonces decidí hacerlo de manera independiente, la SGAE (Sociedad General de Autores de España) me financió la posproducción y ha funcionado. Para mi sorpresa la crítica lo eligió el mejor documental del año.
Es mi primer documental porque de hecho ahora estoy filmando otro. Aunque creo que con esas condiciones no me atrevería a hacer otro. Pasaron cinco años después de filmado, nadie se interesó. Pero la vida es sorprendente, ahora el ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos) lo quiere comprar, para mi dicha.
Este documental tiene seis formatos de video, porque hoy me prestaban una Hight 8 y filmaba seis secuencias, pasado me prestaban una VHS y tuve que romperme la cabeza no solo a nivel de lenguaje hacerle un homenaje a Emiliano, a su obra, que no creo que lo haya logrado jamás; pero sí romperme la cabeza para convertir todos esos efectos en recursos. Y no solo fueron seis formatos de video, también fueron seis formatos de sonido.


Esteban García Insausti

Mucha gente me ha preguntado si me obsesioné con el documental que se hace tradicionalmente y a todo el mundo le he contestado lo justo: esa es mi manera de ver el cine y el jazz. Ese documental tiene las mismas herramientas con que se hace cualquier documental tradicional.
Las entrevistas fueron obligadas porque apenas tenía tres archivos de Emiliano Salvador de la Televisión cubana. Inclusive, su último concierto en vivo fue borrado. Tuve que romperme la cabeza para que la gente no sintiera la falta de esas imágenes. Y como no tenía al propio Emiliano vivo para poderlo filmar como a mí se me hubiese antojado, se me hizo doblemente difícil. Todo esto me ayudó a tener que romperme la cabeza un poco, pero no era una obsesión ni un superobjetivo, la intención era decirle al mundo: cómo es posible que tú no conozcas a Emiliano Salvador. Y sobre todo a nuestro pueblo, a los cubanos. Emiliano es un dios en el mundo entero. Y después de diez años de haber desaparecido es incomprensible que en Cuba no se hable de Emiliano, cuando generaciones que, como dice el documental, vinieron antes que él han pasado por su escuela y las que después vinieron también.
Es triste encontrarse a muchachitos de la ENA de 18 años haciendo los montunos como Emiliano, jazziando como Emiliano y creyendo que están imitando a Chucho Valdés o Frank Emilio que también son grandes maestros. Emiliano fue la vanguardia del jazz latino de su época, con apenas 16 años ya había fusionado la guajira, el cha cha chá, el danzón y trabajaba con los mismos formatos acústicos con que se trabaja 20 años después y las mismas maneras de armonizar. Es increíble que todo eso nosotros lo hayamos perdido de vista, que, como se dice en el documental, Emiliano no aparezca en el diccionario de la música cubana.
Cuando uno abre el diccionario de jazz latino, hecho en Nueva York, ya desde el prólogo se está hablando de Emiliano. Es uno de los pocos músicos que aparecen a página completa con toda su ficha. Por qué necesitamos que un Ray Cooder nos venga a descubrir y no por nosotros mismos. En mi caso, sentimentalmente yo estoy atado a su hija, que es mi esposa, y el compromiso es doblemente. Yo duermo en la cama donde Emiliano murió. Eso me hizo un compromiso mucho mayor, pero no por eso me sentí en la obligación de hacerle un documental al suegro.
Cuando estudiaba en la ENA iba a ver a Emiliano en el Acapulco y salía con dolor de cabeza porque no podía comprender cómo ese tipo me hacía bailar y me enseñaba armonía. Siempre fue consecuente con él mismo, más cubano no pudo ser y creo que no se merece el olvido. Esa es la tesis del documental: la pérdida de la memoria. El documental no termina con una conga por gusto. Mucha gente no ha podido leer ese código. Para mí termina así porque somos la eterna comparsa que no termina nunca. Tenemos que darnos cuenta de lo que tenemos y lo que somos, no tenemos que esperar que venga nadie.
Desafortunadamente su obra se encuentra en manos de gente que no han hecho absolutamente nada. El disco Pianísimo es concierto en Ottawa, que fue el primero de ese tipo que dio un cubano en el mundo.

Seis años después, Chucho hizo un disco homónimo, pero el primer concierto de ese tipo lo dio Emiliano Salvador. Estoy convencido que dondequiera que él esté debe estar feliz. Jamás se imaginó que con sus estudios pudiera hacerse una obra. Un disco que ha tenido una gran venta a pesar de que el mercado del jazz es un mercado elitista. La demostración final fue la premier del documental el 10 de diciembre en competencia con la película Balsero y la sala no dio más.
He escuchado mucho en estos últimos tiempos decir que el documental cubano está en crisis. Lo que está en crisis son los realizadores cubanos. Ellos son los que están en crisis. En mi documental está el tributo a Santiago Álvarez, Nicolasito Guillén Landrián, Sara Gómez. Los que saben de cine saben que mi homenaje está ahí.
Por otra parte, los realizadores se han habituado a hacer documentales de entrevistas con cuatro archivos y así es muy fácil tener treinta documentales. El público cubano se ha habituado a eso como pasa con la ficción.
No creo que mi obra diga que he descubierto nada, pero a lo mejor sirve para hacer las cosas de otra forma. Inclusive, cuando salí del documental le comentaba a mucha gente de que no estaba convencido del todo de que el lenguaje del documental fuera legible para mucha gente y la vida me ha demostrado todo lo contrario, lo cual indica que no se puede subestimar a ningún espectador. Uno se puede proponer un lenguaje vanguardista siempre que tenga algo que decir. Mucha gente esconde detrás del experimento la falta de talento. Si Madonna tuviera voz no tendría necesidad de esa parafernalia de luz. Sarah Vogan cantaba en una silla.
Entre mis contemporáneos está Juan Carlos Cremata, que apenas tiene un documental, La época del encanto de fin de siglo, pero que para mí es clave en la época de los 90; Jorge Luis Sánchez con Las sombras corrosivas de Fidelio Ponce y también entre mi generación hay gente que está tratando de decir las cosas de diferente manera. Lo que pasa es que no se hacen eco de sus intereses, es algo que pasa en el mundo entero. A lo mejor la televisión no lo pone, pero lo acaban de elegir para que pase por todas las escuelas de arte en Cuba. Eso me parece más interesante que lo pongan en el canal seis.
El valor de Emiliano está en lo que dicen Michel Camilo, Chucho Valdés. Son sus testimonios. Michel Camilo dice: “Emiliano en Nueva York es un dios, nos pasábamos los casettes”. Chick Corea más frases de elogio no le pudo mandar por correo. Es una suerte de malditismo. Estando vivo en Cuba si venía Guilliezpie a tocar a la casa de la cultura de Plaza o al teatro Nacional a Emiliano lo programaban en el Maxim. Es un karma jodío, pero creo que hemos hecho justicia. Y el público lo ha entendido. El público de todas las edades, la inauguración lo demostró. Fue una ovación cerrada. No dejé que Angélica llorara en el documental. Emiliano no era un tipo de ñe ñe ñe...

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