El sigilo se rompe para darle paso a un bolero que tras la penumbra de aquella escalera de faldas corroídas por el pisar de copas, ilumina el regazo de una mujer dispuesta a estremecer los cánticos del sosegado equilibrio, ajena a los carriles descritos por la brevedad del ser donde los trenes pasan en tan solo un sentido.
Su estilizada figura de largos brazos va poniendo al borde del escenario las primeras historias a punto de compartir. Nace el primer vocablo y comienza la fiesta del cuento. El entresijo de sus manos se toma los pechos, la luz de sus ojos hacen un ademán para redefinir el contexto que esa noche se vertía para el diálogo.
Ella por un lado, el por el otro. Todo parecía estar escrito desde la trayectoria del azar. Se encontraron en un bar, se miraron a los ojos, -contaba Victoria-, con esa voz de argentina que parece trotar entre un tango y un bolero de pueblo imaginado. Sus manos y su verso nos condujeron hacía la salida de la noche. Todo estaba escrito para mitigar la sed de un beso renegado en algún portal de esta ciudad de ventanas ingenuas.
Por esa magia de contar los sueños -que sabe a empeño y a saber compartir historias-, vino Don Mario Benedetti atizando la poca luz de aquel lugar de agrietadas sonrisas con su fraseología de hombre culto y antiguo, alguien que puede presumir de ser poseedor del misterio, de la verdad que solo regala el que a sumado un largo camino recorrido. Poseída por su verso, Victoria Siedlecki le dio una patina de ardor al reflujo de su mirada y supo develar los signos de su verso, arriesgando la curva de la credibilidad para dejar reposar otras historias que fueron tomando fila en la puerta del sueño incumplido.
Tras una pausa con aroma a sorbo de agua, vuelve a desnudarse la palabra de envoltura erótica. Las mil y una noches se impone en la voz de aquella mujer, que sigue tirando escapadas de sensualidad, erotismo y ternura tras el largo “ejercicio del perjurio”. Lo describió todo, sobre todo ese fuego que nació con la libertad que la escritura peregrina rebota tras las puertas de algún palacio donde lo pecaminoso es pasto de todos los días. La marcha de aquel texto inundó los vericuetos de los sentidos creyendo que estábamos poseyéndolo todo, o al menos eso queríamos. Una manta de curvas y transparencias cerró el silencio y le cedió el paso al aplauso sentido.
Mientras la narradora de exóticos vocablos se apoyaba en la banqueta sonámbula e irreverente, puesta a un extremo del escenario para atenuar el cansancio por el “ajetreo febril”, un goteo de adjetivos plomizos anunciaban la túnica de Julio Cortazar. Como un paraban de grandes alas servía su Rayuela con su habitual voz grave donde los adjetivos se mordían unos a otros sin margen para el raciocinio. Besos amargos, curvas varadas, miradas mayúsculas, vestidos puestos al borde de una escalera. Era una agitada noche de lunas, de muchas lunas que se empeñan en descubrir la intima verdad del sexo. Cortazar se ocultaba en la sien de aquella mujer de facciones de incienso. Por esa dicotomía de quererlo todo iba tirando una carnada de metáforas, con la que quiso atrapar el corazón de la mujer de los versos quebrados.Cuentos dejados en algún rincón de este infinito confín de los misterios -que es la tierra-, fueron apareciendo como trazo de andar peregrino tras otra pausa de pocas ganas. Cuentos con sabor a preguntas, cuentos que no necesitan respuestas, palabras inconclusas para ejercicio de nuevas historias. La libertad está en compartirlo todo y hacer del cuento una frase de dos, o de tres o de muchos. Muchos cuentos de muchas horas y de muchas ganas y por que no, cuentos de amor, de deseo, de sexo sin cercados y ventanas por abrir. Esa es la verdad consumada en el cálido espacio de La escalera de Jacob, esa es la apuesta de Victoria Siedlecki que sabe entender, -a golpes de cuentos-, los sabores de la palabra dada.
